Ensayos

Baltimore, The Wire y La Esquina: realidad y ficción

Por ANTONIO MARCOS

La pasada semana, una gran parte del elenco de actores de la serie The Wire protagonizó un espectáculo-manifiesto en el barrio de Sandtown-Winchester de Baltimore, la zona donde en abril se produjeron protestas por la muerte del joven Freddie Gray mientras estaba bajo custodia policial. La organización ReWired for Change, creada por Sonia Sohn –la detective Kima en la serie– es un ejemplo inusual de cómo la realidad sirve de base a la ficción y luego sus protagonistas devuelven algo a la comunidad de donde surgió esa historia.

Ahora que Principal de los Libros acaba de reeditar en edición de bolsillo Homicidio, el primer reportaje-libro de David Simon, aprovecho para rescatar una reseña sobre La esquina, la “cara B” del anterior. Estos dos libros, especialmente el segundo, forman la base conceptual de The Wire, con esa ambición de Simon para construir un discurso político partiendo de su observación de la realidad.

La ley de la esquina

Hay muchas razones para leer La esquina, de David Simon y Ed Burns. Ahí van dos: es un ejercicio de periodismo narrativo ejemplar, por honesto, rico y ambicioso, en un tiempo en el que el trabajo de contar historias reales ya no es como lo conocimos; y dos, retrata la otra cara de América, el gueto, busca explicaciones e intuye por qué fracasan todas las políticas para erradicar la droga y la pobreza. La esquina es un horizonte, siempre va a estar ahí, en cualquier parte del mundo.

América se droga

Hay un viejo tweet de Jodorowsky que decía: «Para que termine la narco-violencia en México, los norteamericanos deben dejar de drogarse». Tiene toda la lógica, pero es más difícil hacerlo que decirlo. David Simon y Ed Burns pasaron un año (1993) conviviendo con la gente del oeste de Baltimore –adictos, traficantes, habitantes de la esquina–, en unas cuantas manzanas entre las calles Fulton, Monroe y Fayette.

Luego pasaron tres años más hasta que terminaron este inmenso libro-reportaje y una de sus conclusiones es ésta: «No podemos pararlo (…) Y en la calle Fayette lo saben». Quizá hubo un momento para eso, oportunidades para políticas sociales, raciales y urbanísticas que hubieran desembocado en otra cosa, pero ya no: «Las esquinas ahora constituyen un mundo aparte, una subcultura sólida formada por un crisol de la América perdida. La calle Fayette y lugares similares ya no son accidentes provocados por la raza, la geografía o la pobreza. Durante generaciones se han convertido en todas esas cosas y alguna más, así que cambios simples, aparentemente razonables, en las políticas gubernamentales o en las prioridades económicas ya no logran el resultado esperado y en muchos casos no logran ninguno», escriben. Un ecosistema que replica lo más salvaje del capitalismo que lo ha creado. Un Vietnam casero y con visos de no terminar nunca.

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Baltimore: Fayette con Monroe
Las leyes de la esquina

Según la retratan los autores, podemos ver la esquina como una especie de agujero negro con una fuerza gravitatoria enorme: el deseo humano. Se rige por dos leyes: consigue el chute y nunca digas nunca jamás. Atrae a traficantes –los que anuncian el producto, los que lo recogen del alijo, los que venden, los grandes proveedores– y adictos, y a menudo estas dos especies se confunden. Simon y Burns estructuran el libro siguiendo a algunos de ellos, especialmente una famiia de padres adictos –Gary y Fran– con su hijo DeAndre como adolescente que trapichea a pequeña escala con los Crenshaw Mafia Brothers. También están el Gordo Curt, un superviviente, y Blue, cuya casa es uno de los picaderos –lugares ruinosos donde pincharse– más habituales. Todos parecen querer salir en un momento u otro de ese volver a empezar cada día en que consiste la rutina de la droga.

El panorama es oscuro: hay una sensación de aislamiento del mundo exterior, al que sólo se sale a declarar en un juicio, a la cárcel o a buscar metal para vender. Y hay algo de medieval en todo ello: una estructura de castas en un paisaje donde el frío mata, donde los soldados hacen fortuna inmediata y llevan siempre encima –joyas, ropa y calzado deportivo de gama alta– sus ganancias. Nadie –salvo Ella Thompson, al frente del centro social del barrio– espera nada mejor de lo que pueda conseguir en el momento, en la transacción: dinero que se convierte en droga que se convierte en dinero. Y cuando esa línea se quiebra hay disparos, palizas, violencia.

Ahora sí que vamos a acabar con esto

Cuenta David Simon que un candidado a alcade de Baltimore se fue en plena campaña electoral hasta una de las esquinas y, blandiendo el libro, aseguraba que bajo su mandato todo eso iba a cambiar, que anunciaba mano dura. Alguien le dijo después que el gesto no se correspondía con el contenido, y que La esquina es realmente un alegato contra la manera de luchar contra la droga actual: más policía, más jueces, más prisiones, lo que convierte a Estados Unidos en el país con mayor población reclusa del mundo. El alcalde reconoció no haber leído el libro.

Simon y Burns no se detienen sólo en el día a día de los habitantes del gueto: intentan explicar por qué fallan las políticas destinadas a desmantelarlo, y el sistema queda tan malparado como el alcalde sensacionalista. Educación, sanidad, represión, asistencia social… partiendo de la base de la realidad, hacen una radiografía del sistema, desde el mismo origen de ese barrio, al que llegaron en plena oleada de emigración desde el sur los padres de Gary McCullough, uno de los protagonistas. El sistema crea el gueto, se desarrolla, se deteriora, algo que está inscrito en su propia fundación, y luego el sistema quiere acabar con él. Y cada medida hace más profunda la zanja que lo separa del resto de la sociedad.

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Baltimore. Calle Fayette con Monroe
El poder del periodismo

Al final del libro, los autores reflexionan sobre su papel como observadores de la acción. Durante un año procuraron no influir demasiado, una lección que Simon ya tenía aprendida después de pasar un año con la policía para escribir Homicidio. Querían estar ahí para llegar al fondo de las personas, darles el tratamiento justo, y lo hicieron durante largo tiempo. Sólo esa implicación les llevó a sentir lo que siente un adicto, la fuerza que tiene el dinero rápido para un adolescente, y así componer una idea global de qué está pasando y por qué. Y ese es su valor: no son dos opinadores hablando en general sobre el problema del día al ritmo de un titular fuerte, son dos escritores tratando de comprender, evitar ideas preconcebidas y olvidar los esquemas de víctimas y verdugos.

Sus personajes mienten, roban, matan y mueren, pero no les tratan como materia prima a la que triturar bajo la retórica periodística. Cuentan el detalle y cuentan el trasfondo: así es como se hacen las cosas y por eso tanto Homicidio como La esquina –ambos publicados por Principal de los Libros– deberían ser materia obligatoria en la asignatura «Buen periodismo» en las facultades de comunicación. Aunque la visión de Simon sobre el periodimo actual es oscura, supongo que todavía queda esperanza.

Realidad-ficción

La esquina también se convirtió en serie de la HBO, anterior a The Wire, pero es en ésta donde apreciamos esa extraña y valiosa cualidad de Simon: narrar lo verdadero como si fuera una gran novela e inventar una historia que rezuma verdad. Los guionistas llaman «biblia» a ese documento que contiene todas las directrices generales de una serie. Estos dos libros componen la biblia de lo mejor que nos ha dado la televisión en los últimos años. Los fans de Omar –el ladrón carismático, entre los que parece que se encuentra el mismo Obama– tienen una sorpresa final: Donnie Andrews, la persona que inspiró el personaje.

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