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Cartas de la cuarentena #3

Avanzamos una semana en el tiempo y subimos dos grados el punto de fritura mental. Esto va hoy de ráfagas dispersas sobre libros, casetas y patos de La Alamedilla.

¡Buenas tardes, corsarios!

Viernes. Nosecuántos días de la semana nosecuántas de la cuarentena. Hace un día radiante ahí fuera, luminoso, con mucho trinar de pájaros y la cola de siempre en el estanco. Hoy tocan pensamientos dispersos. Como verás, vamos teniendo la cabeza un poco frita.

Apuntar en el calendario: invitar a Lorena G. Maldonado por ese artículo que ha firmado poniendo a escurrir los ripios colectivos auspiciados por el escritor llamado B.P. Invitarla a venir o invitarla a beber. O a las dos cosas.

“Los grupos editoriales y mediáticos no son templos de nada salvo de un neoliberalismo mal barnizado de hipsteridad. Son sitios cutres donde se hacen fiestas cutres en las que hay barra libre porque, sin alcohol, no habría quien aguantara tanto cutrerío”. Cristina Morales haciendo amigos en el prólogo de la reedición de Introducción a Teresa de Jesús que Guillermo ya ha leído.

Íker Jiménez anuncia que Cuarto Milenio deja de emitirse por tiempo indefinido. No sabemos qué decir sobre esto, pero Rafa se había currado con Servando Rocha un enchufe para asistir como público a una grabación. Tampoco sabíamos qué decir sobre eso.

Cancelada oficialmente la Feria Municipal del Libro. Ya que este año no llenaremos la Plaza Mayor con nuestras feas casetas y nuestros abundantes libros, que al menos la podamos ver pronto llena de gente.

El gato dueño de la casa donde vive Guillermo se le pone constante, melosa e insistentemente en el lugar exacto que media entre la fuerza de trabajo y los medios de producción, circunstancia que aprovecha –Guillermo– para hacer fotos bonitas del felino y achacar a esta obstrucción dentro del área cierta disponibilidad a la procrastinación en lo tocante a su cometido de acabar la tesis de una santa vez. Es gata y se llama Molly.

¿Que pensarán de todo esto de las calles vacías y los parques abandonados los patos de La Alamedilla? ¿Cómo se encontrarán en esta etapa de su vida sin gusanitos? Bien, seguro. (Antonio Gamoneda, escribiendo sus memorias, se pregunta de vez en cuando: “¿seguro que quiero poner esto? Lo pongo”. Nosotros igual con esto de los patos).

Rafa ha estado esta semana más de números que de letras. La tensión de los números, ese escribirlos dentro de cuadros y cuadrículas a ver si así cuadran. Ha leído también las noticias editoriales, claro, siempre hay que tener a mano un poquito de sufrimiento. Pero sobre todo se entretiene viendo los vídeos en Instagram de Donatella Iannuzzi: la editora de Gallo Nero es una maestra del voleibol en versión rollo de papel higiénico.

Resumen rápido de lecturas. Guillermo también ha terminado Amianto, una novela de Alberto Prunetti que reformula la literatura obrera y que le ha gustado mucho, y ha recuperado La cena de los notables, de Constantino Bértolo. Mercedes sigue con Ursula y Terramar y la alterna con Los cuentos de los hermanos Grimm tal como nunca te fueron contados. Miguel ha vuelto a sacar la cabeza para decir que ha terminado 2666 y se ha metido con La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski, así que ya no le vemos el pelo hasta dentro de otra semana.

Rafa ha ido bien cargado: La luz del sol, un ensayo de Álvaro Galmés Cerezo sobre la luz en cada hora del día y la incidencia de cada tipo de luz en el arte. Fantástico. Noche y océano, de Raquel Taranilla, es el Premio Biblioteca Breve y destila humor e inteligencia. Deseando abrir para poderlo recomendar y vender. Y unos cómics del universo Sandman, tutelados por Gaiman, que tienen muy buenos momentos. Ve series de magos en el XIX y The Mandalorian en la hora del visionado familiar.

Antonio ha leído muy poco pero muy bueno: cuentos sueltos de Flannery O’Connor en esa antología con una niña pidiendo silencio con el dedo en la portada. Tal vez nos convenga más silencio del que estamos consiguiendo tener. Es una temporada de mucho ruido.

Biblioklept ha hecho una votación tipo cuadro de torneo de tenis para saber qué escritor ha contado mejor la distopía en la que vivimos estos días. Ha ganado Thomas Pynchon al imponerse holgadamente en la final a J. G. Ballard.

Una anécdota sobre Ballard: cuando se estrenó la adaptación de Crash en Cannes, Francis F. Coppola era el presidente del jurado. En la deliberación final, hizo tres montones con las fichas por orden de favoritismo. Luego cogió la de Crash, sacó un mechero y la quemó. Ese tipo de acogida tuvo. Gracias a la insistencia de Atom Egoyan, la peli de Cronenberg acabó ganando un premio de consolación. El equipo se quedó unos días por allí a celebrarlo, a defender con uñas y dientes una película que fue prohibida en algunos sitios de Inglaterra (1996). Ballard se marchó antes: “Este ambiente es demasiado estresante para un escritor”, les dijo.

Recuento de bajas de esta semana: Víctor Nubla, heterodoxo y músico experimental; Rafael Berrio, enorme letrista, enorme; Juan Giménez, el dibujante de La casta de los Metabarones, esa línea clara sobre lo oscuro y bizarro.

Llámanos locos, pero cuando vemos una videoconferencia por ahí nos fijamos más en los libros que hay detrás que en el sujeto que habla. En una estantería tras el Gran Wyoming hemos detectado la edición de En busca del tiempo perdido de Valdemar y los Reportajes de la Historia de los Riquer en Acantilado. Los separa un tocho blanco que todavía en este momento debatimos si puede tratarse de la narrativa completa de Conrad en Sexto Piso. Ponle nombre a nuestra enfermedad.

Esta semana hemos publicado un pequeño artículo sobre el Día Internacional del Libro Infantil, en el que escritores que han pasado por la librería nos cuentan cuáles eran sus libros favoritos cuando eran pequeños. Nos hemos propuesto contar también los nuestros, pero solo ha contestado Mercedes: el Tío Vivo los domingos propiciaba el encuentro con Pepe Gotera y Otilio, Mortadelo y toda la banda de Ibáñez. Los clásicos Verne, Salgari, Stevenson o Louise May Alcott le llegaron con la colección Bruguera Historias –textos aligerados con viñetas que siempre leía antes– y luego ya Los Cinco como puerta de entrada a Agatha Christie. Quitando esto último y poniéndole un poco de El Jabato, Antonio firma debajo. Se ve que unen más los años que los kilómetros.

Esto llega hoy tarde porque a Antonio se le ha roto el ordenador de manera repentina y fulminante, a traición. Un apagarse y ya. Toda esa tecnología convertida en un ladrillo inane e inservible. Pero bueno, llegue a la hora que llegue te pillamos en casa, seguro.

Ha sido una carta larga, nada silenciosa, un poco espesa, contradictoria seguramente, un poco a bocajarro todo. Así están los tiempos esta semana. Nos volvemos a leer la próxima, a ver qué tal andamos todos. Un abrazo y mucho ánimo te mandamos los corsarios.

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