Chavs: la clase obrera como caricatura

El chav inglés es el choni español, el chourmo de las barriadas de Marsella: los herederos de la clase obrera desmantelada sistemáticamente por las políticas neoliberales. Owen Jones –que acaba de lanzar ahora su nuevo libro, El stablishment– analiza en Chavs. La demonización de la clase obrera (Capitan Swing) ese procedimiento para borrar el orgullo trabajador y ridiculizar los resultados en Inglaterra, pero haríamos mal en no sentirnos aludidos por sus conclusiones. Una reseña de CÉSAR BRITO.

Cualquiera que tenga ojos en la cara y dos dedos de frente podrá comprobar que los movimientos políticos e ideológicos de izquierda en Europa Occidental no viven precisamente sus mejores momentos. Y no es un fenómeno reciente, pues la sangría se inició hace décadas.

En ausencia de líderes políticos, intelectuales o líneas de actuación coherentes, las corrientes de derecha y de extrema derecha, los cantos de sirena populistas y demás parafernalia ascienden de manera lenta pero imparable a lo largo y ancho del continente. No es extraño, por tanto, que para muchos Owen Jones sea uno de los periodistas y escritores comprometidos con la izquierda de Gran Bretaña –por extensión, de Europa– más a tener en cuenta del panorama actual. A medio camino entre enffant terrible y niño prodigio, el diario The Daily Telegraph –conservador– lo ha considerado el sexto pensador más influyente de la izquierda de ese país.

Sorprende su precocidad –apenas 31 años– y, a pesar de ella, su clarividencia, agudeza y la solidez con la que argumenta las tesis en su primer libro, Chavs. La demonización de la clase obrera (editado por Capitán Swing y traducido por Íñigo Jáuregui). Su aparición en el año 2011 supuso todo un terremoto en el panorama literario y político británico.

Chavs-portada-Letras-Corsarias-Libreria-SalamancaEl término Chav carece de traducción literal al castellano pero, por aproximación, podemos decir que equivale al Choni que se utiliza en España. Para Jones la figura chav es una caricatura definida por unos rasgos característicos: padre adolescente, desempleado ––o con trabajos de muy bajo perfil– , con escasos estudios y viviendo a expensas de las ayudas y subvenciones del Estado. Criado en entornos familiares desestructurados, propenso al consumo de drogas y alcohol e involucrado en incidentes violentos, su presencia es habitual en los barrios de viviendas de protección oficial británicos, así como en las zonas más deprimidas. Con su ropa deportiva de marca y su ostentosa joyería de baratillo, el chav simboliza todo aquello que odian, desprecian y temen, a partes iguales, las clases media y media-alta de Inglaterra.

Pero para Jones el chav es sólo eso, una caricatura intencionada que, como preconiza el título de su libro, pretende culpar de todos los males a la clase obrera. Lejos de representar –como se pretende–  una subclase, una enfermedad que amenaza con invadir el país, Jones afirma que los chavs son el síntoma, no el problema. La posición de partida de Jones es simple: siempre han existido –persisten y son, hasta cierto punto deseables– las clases sociales. Aunque parezca mentira, a día de hoy, el pertenecer a la clase trabajadora era algo respetable en Inglaterra, durante los 60 y 70. Con la llegada de los conservadores al poder y las políticas de neoliberalismo salvaje de la dama de hierro, la clase trabajadora comenzó a perder influencia y capacidad de presentar batalla. Casi todos los centros industriales, las minas y los principales núcleos fabriles de Gran Bretaña desaparecieron y, con ellos,  se marcharon por el sumidero comunidades enteras que, hasta entonces, habían logrado ganarse la vida con honestidad y orgullo –y esto último es importante– durante generaciones.

En los años dorados de la clase trabajadora “respetable” y el movimiento sindical, los obreros, muy cohesionados en sus respectivas comunidades, tenían plena conciencia de clase, un futuro que legar a sus hijos –que podrían forjarse una carrera desde edad temprana, como aprendices en diversos oficios– y un partido fuerte en el Parlamento, que defendiera sus intereses y planteara sus necesidades. El tatcherismo orquestó toda una estrategia dentro y fuera de los órganos de representación política y los medios de comunicación, para convencer a la sociedad británica de que hablar de clases sociales era algo del pasado. Todos TENÍAN que pertenecer a la clase media. Todos, con esfuerzo individual, podrían dejar atrás la clase trabajadora, a la que hurtaron su respetabilidad hasta convertirla en algo casi ilegítimo. El fracaso en esta empresa de crecimiento personal y evolución “desde los bajos fondos” debía achacarse, no a la ausencia de empleos, oportunidades y medios, recortados con algarabía por el gobierno de Tatcher, sino a la incapacidad  del individuo y a su nula valía. Además de dejarles sin vías de escape de una vida indigna, por precaria, se les culpaba de ello a nivel personal.

Sin trabajos a los que acudir, sin centros productivos e industriales que diesen pan a una golpeada clase trabajadora, con un partido laborista y unos sindicatos reducidos a la mínima expresión y en constantes luchas internas –situación que no mejoraría demasiado con la llegada del Nuevo Laborismo–, con las políticas neoliberales en ascenso desbocado… comunidades anteriormente prósperas se convirtieron prácticamente en guetos. El pertenecer a la clase trabajadora blanca pasó de ser un motivo de orgullo a objeto de escarnio público no explícito. Los herederos de esa clase trabajadora venida a menos son los chavs: jóvenes que sólo pueden acceder a empleos precarios en supermercados, centros de atención telefónica y otras parcelas del sector servicios. Casi siempre en peores condiciones salariales y contractuales que las que disfrutaron sus padres y abuelos; eso en el hipotético caso de que accedan al empleo, cosa harto difícil.

Lejos de mejorar las condiciones sociales y económicas para que se desarrollara la clase obrera y se redujeran las crecientes desigualdades sociales, en los últimos cuarenta años se ha culpabilizado a los ingleses menos favorecidos de ser los causantes del problema. El odio de clase y el desprecio hacia los chavs –como icono desdibujado y extremo de la clase trabajadora– es algo extendido y aceptado en la sociedad británica, incluso entre las minorías étnicas del país.

Stablishment-portada-Letras-Corsarias-Libreria-SalamancaJones, en un trabajo ampliamente anotado y referenciado, con mucha investigación y entrevistas en la tramoya para sustentar una argumentación demoledora, aboga por la recuperación sin complejos de una nueva política y conciencia de clase para que, pertenecer a la clase obrera y desarrollar una vida digna desde esa posición, no sea algo desdeñable y marginal, sino una opción legítima –y necesaria– que ayude en el desarrollo del país y en la reducción de la precariedad y desigualdad galopante. Con una prosa ágil y extremadamente clara, Owen Jones es un soplo de aire fresco dentro de la “intelectualidad” europea. La lectura de Chavs, a buen seguro, dejará a muchos con ganas de hincar el diente a su segundo libro, de 2014, El stablishment. La casta al desnudo (la traducción del subtítulo original sería “Y cómo se salen con la suya”), que editará en esta ocasión Seix Barral, del Grupo Planeta. Aquí puedes leer el primer capítulo.

Chavs, como obra ensayística contemporánea, se disfrutará más cuanto mayor sea nuestro conocimiento de la realidad socio-política británica y los acontecimientos de la historia europea reciente. Pero, además de esto y de tratarse de una excelente lectura, el trabajo de Owen Jones permite realizar muchos paralelismos y reflexiones sobre la España actual. Porque no solamente en Gran Bretaña la clase trabajadora ha sido despojada de su identidad y su fuerza. También en España los sindicatos son un garabato desdibujado de sí mismos. Y también en nuestro país vivimos una inexplicable ensoñación en pro del emprendimiento, la búsqueda del éxito, del ascenso social y económico “por decreto”. En ocasiones, pagando un alto precio en forma de frustraciones personales y culpabilidad. Mientras tanto, somos bombardeados por el buenrollismo y el otro stablishment, el nuestro, insiste machaconamente en que el camino por el que transitamos es el único posible, mientras todo se desmorona a su paso.

Imagen superior: La chav Vicky Pollard, uno de los personajes más celebrados de la serie caricaturesca Little Britain