NC#62: Fiestas al ritmo de los Hombres-tachán

¡Buenas tardes, corsarios!

Última newsletter de la temporada. Vamos a tomarnos un pequeño descanso y volvemos el viernes 2 de septiembre, cuando empiecen a llegar las novedades y tengamos de nuevo actividades en la librería. Hasta entonces, aprovecharemos para retocar nuestro fondo (hemos dado aún mayor protagonismo a los destacados de ensayo con una mesa dedicada en exclusiva), para leer todo lo que tenemos pendiente y atenderte en horario de 10 a 14h y de 18 a 21h, de lunes a viernes. La novedad es que cerramos los sábados de julio y agosto por la tarde, a partir de mañana, así que el sábado nos vemos sólo de 10 a 14h.

Te contamos en breve tres pequeñas noticias:

Habíamos copiado en un cuaderno unos cuantos rubaiyats de Fernando Pessoa para darle un ambiente hedonista y festivo a esta última newsletter, el cierre de la trilogía veraniega junto a las dedicadas al viaje y al calor tórrido. Vistas las terribles noticias de anoche y de casi todas las noches, nos decantamos por uno de los originales de Omar Khayyam y que también cantaba Camarón de la Isla en La leyenda del tiempo: “Aprecio al amante que gime de felicidad, y desprecio al hipócrita que murmura una plegaria”. Desde Persia, mediados del siglo XI, a Europa, principios del siglo XXI. La eterna distancia entre Hombres-tachán y Hombres-lobo.

secreto-fiestas-casavellaDesde El secreto de las fiestas sabemos que el Hombre-tachán se mueve bajo el lema “¿Te gusta la rumba? ¡Pues perdamos el rumbo!”. Escribe Francisco Casavella: “El Hombre-tachán busca divertirse porque sabe que el mundo ya está hecho, que no hay necesidad de estar haciéndolo todo el tiempo. Al Hombre-tachán también le gustan las puestas de sol y los claros de luna, pero no los mete en una botella, ni abre los brazos y dice unas palabras, ni organiza procesiones, ni juegos florales”. No hay muchos, porque lo que predominan son los Hombres-lobo, “los que inventaron la Tragedia y la Historia”. En esa cosmogonía que Casavella mezcla con máquinas del millón y gente rara, el secreto de las fiestas está sólo al alcance de los tachán. Y una vez alcanzado hay que seguir en el secreto, así que vamos a releer una vez más este maravilloso libro, sin olvidarnos de que el 15 de agosto es el Día del Watusi. Y se celebra, vaya que se celebra.

“La fiesta no es para feos”, decía Casavella. Y los publicistas que hacen esos anuncios de marcas de cerveza se han quedado sólo con la cáscara de esa frase, pero hay que reconocer que se han convertido en los idealizadores de un tipo de fiesta que parece triunfar: esa playa al atardecer, esas bombillas de colores, esa ropa elegante e informal y la juventud y la plenitud del verano que parecen irse pero que se quedan un rato más, hasta la próxima emisión del anuncio. Como si Teseo les hubiera convocado al principio de El sueño de una noche de verano: “Ve, Filóstrato, a poner en movimiento la juventud ateniense y prepararla para las diversiones: despierta el espíritu vivaz y oportuno de la alegría”. Pero donde en Shakespeare había subversión, enredos y pasiones desatadas, aquí encontramos más bien una languidez y una estética edulcorante de filtro fotográfico.

hacia la bodaEsos simulacros palidecen ante, por ejemplo, la parte final de Hacia la boda, la novela de John Berger, una de las fiestas más emocionantes que hemos leído. Van a comer, beber y bailar bajo unos frutales, creando “la sonora cascada de las fiestas, que nadie recuerda hasta que tiene la suerte de encontrarse en otra”. “En medio del círculo, Roberto ha empezado a asar el cordero. El animal entero está girando en un gran espetón sobre una inmensa pila de brasas. De vez en cuando, utilizando una cuchara grande como un sombrero, rocía la carne con el adobo que tiene preparado en un cubo. Federico aviva las brasas con el fuelle. Un círculo de hombres en inmaculadas camisas blancas observan y comentan. El asado huele como siempre han olido los días de fiesta desde que hubo fiestas”. Ninon y Gino se casan, heridos por la vida, haciendo textual la expresión “darlo todo”. “Bailando así, Ninon parece más una vagabunda que una novia”, escribe Berger.

rey-hrabalAunque para darlo todo, nadie como Zdeněk, un camarero que aparece en Yo que he servido al rey de Inglaterra, del checo Bohumil Hrabal. “Y por la mañana, cuando volvíamos en taxi de la juerga, ordenaba parar delante de una fonda cualquiera, levantaba al dueño y le mandaba que despertara a los músicos para que tocasen, y llamaba personalmente a las puertas de todas las habitaciones para invitar a los clientes dormidos a participar en la fiesta: hasta la mañana siguiente tocaba la orquesta y se bailaba, y cuando se acababan las botellas y los barriles, Zdeněk iba a despertar al tendero y al cestero del pueblo, ordenaba llenar cestas enteras de botellas para después regalar una a cada viejo y vieja del pueblo, y nunca le había visto tan feliz como después de pagar la fiesta y los regalos, cuando se había librado de todo el dinero”. El Gran Gatsby, pero sin trajes de lino.

Toda la desmesura de los personajes más expansivos de Hrabal está en ese párrafo, eso que Kundera definió como “el increíble matrimonio entre el amor plebeyo y la imaginación barroca”. Lo que sigue, entra de lleno en Rabelais: “Los cocineros instalaron un trípode con una barra giratoria en la que asaron el camello entero; cuando estuvo casi al punto, lo rellenaron con los dos antílopes rellenos de faisanes rellenos de pescado, y el hueco que quedaba lo llenaron con huevos duros, sin dejar de echar sus especias ni de beber cerveza”. Chúpate esa, menú degustación.

ser-no-repesentableLos camareros, los músicos, esa gente que trabaja dentro de las fiestas, que las hace posibles. “Cabaret sin piedad, jazz, striptease, cómicos de agua dulce./ Un semicírculo de cuerpos apretados y una bombilla pobre./ Circo de papel./ Son de azúcar los músicos”, escribe Víctor M. Díez –uno de los poetas actuales que mejor han puesto en palabras ese tránsito entre las ideas del músico y el instrumento– en su libro Ser no representable.  Y nos recuerda mucho a Swing frente al nazi, donde el periodista Mike Zwerin documenta cómo el jazz se convirtió en una bandera de libertad frente a la ocupación alemana en muchas capitales europeas.

Hay un fragmento en las memorias del cineasta (y músico de jazz) Jess Franco que habla del “mercado de la carne” de la Plaza Mayor de Madrid en los años cincuenta. Para trabajar en una orquesta de baile para las fiestas de los pueblos tenías que ir allí a ofrecerte: “Un músico no podía ser calvo. Una orquesta debía dar una sensación de alegría, de dinamismo y juventud. Ibas a la Plaza Mayor, y como fueras calvo o tuvieras grandes entradas o el pelo muy canoso, te jodías. Los pobres tíos tenían que recurrir a soluciones drásticas: el peluquín o el tinte La Carmela. Entre toda la orquesta se compraban un solo frasco. Esto podía dar resultados insospechados: todo un conjunto de viejos fondones con unas cabelleras rojas exactamente iguales”.

memorias-jess-francoComo en aquel verso de Radio Futura de la canción El canto del gallo: “Para que sude el músico ambulante su condición de vagabundo”. Dice Jess Franco: “Nuestra jornada solía ser inhumana: a la una, sesión vermú en el casino en la que, en principio, debíamos tocar música suave, de ambiente (o sea, La Raspa). Luego nos echaban de comer, un almuerzo ligero –judías con costillas o patatas con bacalao– y el ‘director artístico’ nos daba las últimas instrucciones: O tocáis en serio o vais de cabeza al río”. “Acabada la música, proveeremos al zorrastrón con un penique”, escribe Shakespeare en Mucho ruido y pocas nueces.

Tipos de fiestas hay muchas, claro. Las del pueblo, que siempre vamos a recordar como una reposición de La guerra de los botones, el libro de Louis Pergaud; esas tan americanas como los festivales temáticos y los cruceros con sus mil actividades a bordo, que ya nunca las podríamos disfrutar después de leer a Foster Wallace; la de sangría, encierro y machos alfa de la que Hemingway pareció dar con el molde para siempre en su Fiesta. Fiestas privadas y fiestas públicas. Disfruta la tuya, te esperamos en septiembre.