La mesilla del lector. Octubre: Domingo Hernández

Domingo Hernández inaugura nueva sección en la librería. La hemos llamado “La mesilla del lector” y tiene una premisa: cada mes, uno de nuestros lectores, amigos, colaboradores o conspiradores, elige diez libros de nuestro fondo. Con total libertad para seleccionar lo que estime oportuno. Nosotros los colocamos en una de las mesas debajo del ventanal de San Boal, los arropamos con una butaca mullida y observamos a ver qué pasa. Por lo pronto, pasa que nos enriquecemos con miradas diferentes a la nuestra y te proponemos maneras diversas de ver la literatura. Estamos muy contentos con el experimento.

Domingo ha enfocado su selección como una defensa de la imaginación, de la literatura que abre grietas en los discursos homogeneos. Aquí va su lista. Más abajo puedes encontrar el maravilloso texto-introducción-manifiesto que ha escrito para la ocasión y también nos hemos entrevistado con él para realizar una especie de perfil lector.

La mesilla del lector de Domingo Hernández

Tristram Shandy. Laurence Sterne
Fenomenología del espíritu. G.W.F. Hegel
El plantador de tabaco. John Barth
El cantante de gospel. Harry Crews
Vacío perfecto. Stanislav Lem
La vida instrucciones de uso. George Perec
Las puertas de Anubis. Tim Powers
Sandman. Neil Gaiman
Catálogo de novedades ACME. Chris Ware
La estación de la calle Perdido. China Miéville

La mesilla del lector – Domingo Hernández – Letras Corsarias Librería Salamanca

“Hay que defender la imaginación. Hasta el final, hasta que estemos a punto de pasarnos de rosca. La imaginación, por supuesto, y con ella el misterio, y la fantasía, y la sorpresa… También la magia y el asombro de la infancia. Todo eso, sí, pero no de cualquier manera, ni a cualquier precio. Hay condiciones, y no tenemos piedad con los simulacros. Por ejemplo, debe haber ironía y humor, sarcasmo y comedia, melancolía y tristeza. Y nada de cosas facilonas, no: exigir el derecho a la complicación también es importante, tanto en los temas como en las formas. Si además solicitamos que los finales no existan, o, mejor, que cada obra sea sólo un comienzo, lo tendremos casi todo. Sí, vale, lo sé, en el último episodio de la última temporada de la Fenomenología del espíritu, el espíritu asesina al tiempo. No pasa nada: es sólo el prólogo”. Domingo Hernández.

La mesilla del lector – Domingo Hernández – Letras Corsarias Librería Salamanca

El poder de la imaginación

ANTONIO MARCOS

Dice Domingo Hernández (Ciudad Rodrigo, 1970) que empezó a leer cuando su mejor amigo le quitó el puesto de extremo izquierdo en el Atenas 78, aquel equipo mirobrigense que lo ganaba todo allá por los ochenta. En vez de chupar banquillo, se dio a los billares y a las bibliotecas. Y así ha seguido, más con lo segundo que con lo primero. Confiesa que ocupa leyendo todo el tiempo libre que le deja su trabajo como profesor titular de Estética y Teoría de las Artes adscrito a la Facultad de Filosofía, incluso el rato que pasa cocinando. Recetas a fuego lento, una mahou y un libro: en su práctica lectora hay algo de querer sacarle la sustancia a fondo a la materia prima, una demostración de que el placer no está reñido con el análisis crítico. Si lee un libro malo se enfada más que si se le pegaran las lentejas.

La selección que ha elaborado para inaugurar la sección “La mesilla del lector” resume su visión de la literatura: un catálogo de disensiones creadas a través del poder de la imaginación, autores que se salen de la “coreografía estilizada de la vida” creando mundos donde la unión de forma y contenido cristaliza de manera natural, libros que crean pequeñas grietas a través de su adscripción a lo misterioso, lo complejo y lo irónico, palabras que no respondan a ninguna plantilla prediseñada. Literatura que le toca las narices al discurso estereotipado. “Defendamos nuestro derecho a la complicación y no perdonemos la impostura. Escribir es una cosa muy seria”, afirma.

“Me he planteado esta selección como un pequeño comisariado porque da la posibilidad de crear una línea de lectura. Estaba la opción de elegir mis libros favoritos o los que me han marcado, pero no quería que fuera algo sobre mí, sino sobre lo que entiendo por literatura. Creo que hay que partir de algo difícilmente cuestionable: la progresiva derrota de la imaginación en nuestro tiempo. Parece que es casi imposible imaginar, como si todo estuviera imaginado ya y no fuera posible decir las cosas de otra manera. Por ello, he intentado ofrecer lo contrario mediante un listado de libros. La ficción cuenta mejor la realidad que una narración estereotipada. En el fondo, todos los títulos que he elegido son casi el mismo libro. La ficción como una especie de acento que vaya más allá de la realidad y, por lo tanto, intervenga en ella. El elemento que te permite ver más de lo que hay. Es casi un planteamiento político, aunque no lo parezca”, explica.

Su lista se aleja tanto de la narrativa autobiográfica, documental o histórica como de los experimentos formales. “Me parece una chorrada intentar progresar a través de la pura forma. Decía Pavese algo así como que cambiar la forma para renovar la sustancia es cosa de aficionados. Por ejemplo, he elegido a Perec, que es un ejercicio formal sujeto a las reglas de OuLiPo, pero si no conoces esas normas el mecanismo funciona igual, casi mejor. La forma aumenta la potencia de una narración cuando se transforma en contenido, como hace Chris Ware convirtiendo anuncios publicitarios en parte de una historia. Hay que tener mucho talento para eso. O con Barth: con El plantador de tabaco te da la sensación de estar volviendo a leer El Quijote por primera vez. Las teorías desaparecen por una fuerza tremenda de ellas mismas”.

“Cuando algo termina de suceder, de inmediato se convierte en memoria, en ficción, en narración. Aumentos de sentido, en el fondo. De ahí el deseo constante de ficcionalizar hoy esos tres elementos que –creo que era Stross el que lo que lo decía- caracterizan la cultura contemporánea: la incertidumbre, el desconocimiento y la conspiración. Desconocemos casi todo, no sabemos qué va a pasar y por lo tanto inventamos historias que tratan de encontrar una explicación”. De su relación con el pensamiento de Ortega y Gasset le brota esa vena política: se diría que está más a favor de la invención que de la indignación, de la necesidad de colocar pequeñas piedras en el camino de los discursos homogeneizados. La gramática del hacker. “Llevamos cuatro mil años de hackers. El que dice las cosas de otra manera, el que hace trampas. El Dios tocapelotas. Si miras los relatos míticos, todos los avances de la humanidad han venido precedidos de un quebrantamiento: el que roba el fuego, el que inventa la escritura. Y lo suele hace un tipejo, un delincuente. La imagen del hacker actual”.

“Ortega, en los años treinta, en un clima similar en algunos aspectos al actual, decía que era necesario inventar de nuevo, encontrar nuevas formas de arreglar las cosas. Lo que pasa es que yo soy muy cagón y mi forma de contracultura política es enseñar a Chris Ware en la facultad de Filosofía”, ironiza. En la librería le hemos visto descartar libros al leer que el autor estudió en tal escuela de escritura. Le da un tufillo. “Es esa idea de lo diseñado, que también se produce en el arte. Hay elementos que tienen que estar y de los que no te puedes salir. Pasa igual con las series, que siempre las he disfrutado mucho. Notas que te están llevando hacia algo que ya conoces y que ya sabes cómo va a terminar. Es un constructo que te deja con la idea de que hay un único escritor que lo escribe todo. Una plantilla, por mucho que la muevas, no deja de ser una plantilla. Me gusta cuando se crean grietas en eso, pequeñitas, meter cuñas. Pero que no se note. Si se te ve el plumero, ya no funciona”.

Domingo Hernández es uno de esos profesores que encuentran placer en la docencia. Y el sentimiento por parte de los alumnos parece ser mutuo. Vive alejado del ruido de las redes sociales y no intentes enviarle un whatsapp: lleva un Nokia de esos que se desliza la tapa y tienen letritas escritas en cada número. Cuando no lee ni trabaja, escribe. Ha traducido la Estética de Hegel (editorial Abada) y pasó ocho años elaborando las seiscientas páginas que componen el índice de las obras completas de Ortega y Gasset, un trabajo como el de aquel soldado que construye un puente decisivo para el desenlace de una batalla. “Ese índice está un poco en las letrinas de la investigación porque académicamente no tiene ningún reconocimiento, pero es algo que van a utilizar el resto de investigadores y eso me gusta”, dice.

De Ortega ha realizado también la edición crítica de La rebelión de las masas y ha escrito los ensayos La comedia de lo sublime y La ironía estética. Estética romántica y arte moderno. También ha coordinado libros colectivos como Estéticas del arte contemporáneo y Arte, cuerpo y tecnología, este último resultado de una exposición y programa de actividades pionero en los tratamientos alternativos del cuerpo como sujeto artístico. “Llevo una doble vida. Una de ratón de biblioteca, de erudición pura, de zascandilear entre archivos y manuscritos, y otra de pensar y escribir mis ensayos. Una vida de soso y otra de guay. Realmente la primera la hago un poco por complejo, porque si al final lo que va a quedar de mí son las chorradas de mis ensayos…”.