NC#61: No luches contra el calor, léetelo

¡Buenos días, corsarios!

Nos adentramos en el verano y hace demasiado calor para casi todo, incluso para “relajarse y soñar con piscinas y con las sombras de cerezos de la China”, como escribía Chester Himes en Empieza el calor. No tenemos muy claro si leer da calor o refresca, si enfrascarse en un libro sobre una expedición polar crea al menos una ligera brisa a nuestro alrededor o nos puede dar un síncope si nos atrevemos con Faulkner a la hora de la siesta. “Lo encontré tendido boca arriba, turbia la mirada y despidiendo calor como una hornilla”, dice el capitán protagonista de La línea de sombra, la novela de Joseph Conrad. “Y tuvo que levantarse rápido para venir a abrir la librería por la tarde”, añadiríamos nosotros. Recuerda que estamos de 18 a 21h por la tarde y de 10 a 14h por la mañana, de lunes a sábado.

Precisamente La línea de sombra describe a la perfección aquellos dorados veranos tórridos de vagabundeo y lecturas. El tiempo estancado, lo que está por venir, cierta angustia llegando hacia el final. Conrad cuenta la historia de un joven capitán que dirige su primer barco por los mares tropicales y encuentra una zona de calma, de ausencia total de viento, que amenaza con llevar a toda la tripulación a la tumba. Nos plantea una aventura basada en la ausencia de movimiento, el muy cuco, para hablar sobre ese paso de la juventud hacia la edad adulta, la llegada de las responsabilidades, el cruce de esa línea de sombra sin retorno.

“El año de las lluvias andaríamos por los doce o los catorce. El año de las lluvias nos empezó a venir y dejamos la escuela. El año de las lluvias todo cambió de golpe, como si nada de lo de antes hubiese existido. El año de las lluvias nos hicimos hombres de la noche a la mañana mientras llovían calamidades sobre el mundo, y el mundo, para nosotros, apenas si abarcaba un poco más allá de San Andrés de la Sierra”: Manuel Díaz Luis también viene a contar algo parecido en Las aguas esmaltadas, esa deliciosa novela que no dejamos de recomendar. Ni que decir tiene que, en esta línea, también solemos echarle un ojo por esta época a Las aventuras de Tom Sawyer y a lo de su amigo Huckleberry Finn, del siempre necesario Mark Twain, que Sexto Piso ha editado recientemente con ilustraciones de Pablo Auladell y traducción de Mariano Peyrou.

“–Solo es el desierto –dijo ella–. Desierto. Vacío. Árido. Y pronto llegaremos a ese lugar de mala muerte que antes llamaba hogar”. El fragmento es del relato ‘Panteón de Dolores’, incluido en el libro Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin, que con su maestría habitual consigue decir tanto con tan poco. No cabe duda de que los norteamericanos le han sacado partido a sus desiertos: el lugar de los mitos fundacionales, de las leyes difusas, de los caballos y las armas, donde se generó toda una cultura. El lugar del calor.

Nos ha gustado mucho El olor de los muchachos voraces, publicado por Astiberri, un cómic con forma de western y varias cargas de profundidad dentro: una expedición fotográfica por un oeste todavía salvaje construye el inventario de lo que va a ser destruido y transformado por el progreso, pero la naturaleza y quienes saben leerla no van a dejarse domesticar fácilmente. La guionista Loo Hui Phang, admiradora de las películas de samuráis, le ha dado la vuelta a los mitos de la masculinidad exploradora y depredadora y ha construido de paso un tratado sobre la capacidad destructiva del deseo. El dibujo es de un Frederik Peeters (Píldoras azules) que no deja de sorprendernos. Aprovechamos la baza para recomendar cualquier título de esa joya que es la colección Frontera, de Valdemar, donde poco a poco y sin meter mucho ruido se están juntando todos los grandes títulos de la narrativa cowboy.

Hablando de desierto no podemos dejar de pensar en Cormac McCarthy. Vale que tiene hasta una trilogía sobre la frontera, que No es país para viejos es uno de los contados casos en que una película le hace justicia (y de qué manera) a una maravillosa novela. Si lo tuyo es leer palabras que parecen talladas en piedra por un narrador de voz retumbante, entonces… Meridiano de sangre: “Jinetes espectrales, pálidos de polvo, anónimos bajo el calor almenado. Por encima de todo parecían ir totalmente a la ventura, primordiales, efímeros, desprovistos de todo orden. Seres surgidos de la roca absoluta y abocados al anonimato y alojados en sus propios espejismos para errar famélicos y condenados y mudos como las gorgonas por los yermos brutales de Gondwanalandia en una época anterior a la nomenclatura cuando cada uno era el todo”. Toma ya. La esencia de los mitos violentos encarnada en una expedición de mercenarios a la caza de comanches. Da mucha sed.

«Faulkneriano” es uno de nuestros adjetivos favoritos. Tenemos una amiga que cada par de veranos relee Luz de agosto. Nosotros este año vamos a echarle un nuevo vistazo a los cuentos en la edición de Alfaguara y quizá volvamos a deleitarnos un rato con Santuario, una especie de novela negra rural en la que el protagonista se llama Popeye, se destila un montón de alcohol casero y se lo beben directamente del cangilón, y donde podemos encontrar esa atmósfera de vicio, podredumbre moral y violencia que más tarde fueron las señas de identidad del Jim Thompson más macabramente juguetón: 1280 almas y El asesino dentro de mí.

Seguramente, enlazar un par de párrafos con referencias a McCarthy, Faulkner y Jim Thompson era el objetivo oculto de esta newsletter, así que mejor dejarlo en alto. Si todo esto te evoca jazz ahí tenéis Pero hermoso, de Geoff Dyer o Todo lo zurdo, de Víctor M. Díez; que echas de menos la tarta de jengibre de Los Cinco, pues ahí van Las hermanas Penderwick, de Jeanne Birdsall; si te van las atmósferas cargadas de las megaurbes siempre puedes leer Ciudad en llamas, de Garth Risk Hallberg o cualquier historia del asesino del zodiaco; que te pones distópico, pon limonada a enfriar para meterte en La sequía, de J.G. Ballard, o se te quedará la boca seca; y si lo tuyo es la América profunda (por lo que pueda venir) las editoriales Sajalín o Dirty Works están dándole fuerte y bien a eso, sin olvidarnos de Tennessee Williams, Erskine Caldwell, el cómic Predicador ni, por supuesto, Flannery O’Connor. O experimenta con formas alternativas de torridez con la nueva edición de la Justine, del Marqués de Sade, recién publicada en la colección Ineludibles de Navona.

“Era mediodía. Hacía mucho calor, demasiado calor en el cuarto de la pensión. Era el calor lo que me impulsaba, el aburrimiento pegajoso, el polvo que pendía sobre la tierra, las ráfagas de viento tórrido que venían del desierto de Mojave ”. Terminar con John Fante (Pregúntale al polvo) también es terminar a lo grande. Sea cual sea tu desierto, siempre es mejor con libros.

Hasta la próxima semana.