NC#103: Literatura, hoteles y otros lugares donde pasar el verano

¡Buenos días, corsarios!

Viernes 30 de junio. Te escribimos en una semana en la que el clima ha marcado la agenda de las conversaciones en Salamanca, esa semana en la que hemos sido introducidos en un gigantesco circuito termal (de la sauna a la ducha fría) y en la que hemos constatado que la expresión “qué malo hace” puede designar dos estados meteorológicos totalmente antagónicos. También es la semana donde aquí, en Letras Corsarias, rebuscamos ya libros para el verano. Para que cuando vengas a por uno entretenido, bueno y que pese poco para llevar en la maleta, nosotros podamos decirte: éste. Ya sabes que no cerramos en verano: estamos al pie del cañón de 10 a 14h y de 18 a 21h entre semana y de 10 a 14h los sábados.

Ha llegado el momento en el que hacemos algo que nos gusta y que se nos suele ocurrir echando un cigarro al lado del escaparate de San Boal: la newsletter temática. Como ya no llegan tantas novedades y llevamos todo el santo año trayéndote lo nuevo, elegimos tres asuntos y picoteamos en los libros que hemos leído y en los del fondo para proponerte algunas ideas sobre el tema. Notas de lectura, citas y ocurrencias varias. Serán tres semanas, hasta mediados de julio. Hoy: esos sitios donde nos metemos a vivir cuando llega el calor. Allá va.

Los lugares donde pasamos el verano

Desde que leímos Por cuatro duros, el libro donde la ensayista americana Barbara Ehrenreich vivió una larga temporada como limpiadora de habitaciones de hotel, sabemos que probablemente no importa si la limpieza se ha hecho a fondo (algo que, además, es imposible porque nunca tienen tiempo para ello, y de eso va el libro de Ehrenreich, de la precariedad absoluta de ese trabajo). Lo importante es que parezca limpia y, sobre todo, que huela a limpia.

Podemos haber visto fotos de la habitación, apartamento, casa rural o chamizo que vamos a alquilar, pero hasta que no olfateemos un poco por allí no vamos a saber si hemos acertado o no. Podríamos sustituir “olor” por “aspecto” en esta frase de El turista desnudo, de Lawrence Osborne, uno de los libros de viajes del año: “Todos los hoteles tienen el mismo aspecto porque los dirigen las mismas personas. Todos los sitios se parecen porque se han concebido en función de los mismos intereses económicos. Todo se parece a todo lo demás, porque así se ha diseñado. Un día, el mundo entero será un gigantesco complejo turístico interrelaccionado, llamado Cualquier Parte”.

No te deprimas ni devuelvas los billetes todavía, que aún hay más. Osborne es un profesional del viaje y, a pesar de su visión realista-pesimista del mundo, sigue viajando. “Recordar la sensación infantil de subir al coche familiar y partir a lugares desconocidos nos demuestra cuán difícil es recuperar la dimensión interna de la aventura. El viaje actual es como la comida rápida: incursiones breves e intensas que no dejan huella”, escribe. Un mundo donde todo huele igual y sabe igual, donde has temido por tu vida en un vuelo de bajo coste –otro de esos trayectos donde no pasa nada, pero casi–, bueno… es nuestra forma de viajar hoy. Siempre puedes ponerte esta canción de El Coleta, hacerte con un Supermirafiori y cruzar La Mancha camino de La Costa, esa entelequia que los niños mesetarios alcanzábamos tras múltiples aventuras, casi todas relacionadas con la falta de climatización, la escasa potencia del vehículo y la atmósfera irrespirable de tabaco negro dentro del habitáculo.

Gasolinera Lobezno 3

Gasolinera en Lobezno 3. El área de servicio como presentimiento de algo

Tiras millas y observas esos hostales de carretera en los que te preguntas si alguna vez habrá dormido alguien que no sea un profesional del volante al que el tacómetro le ha dicho: para aquí. Se han quedado varados en las carreteras nacionales y los ves mientras pasas a toda prisa, rumbo a la Estación de Servicio más cercana, esa pequeña ciudad atendida por una sola persona. “Área de Servicio, Área de Servicio, Área de Servicio. A esta velocidad, habrá más Áreas de Servicio que población en apenas veinte años. Una nación de aperitivos y gasolina. Es el final de la geografía, el final de la novela de carretera. Intenten hacer avanzar una trama por las autopistas de Estados Unidos. (…). Es difícil elegir un Área de Servicio. Uno siente que cuando elige una, descarta todas las demás. Es una pérdida, una minimuerte”. Es un fragmento del descacharrante Oso vs Tiburón, de Chris Bachelder, publicado por Automática. En cuanto a movimiento, los norteamericanos nos llevan veinte años de ventaja. “A veces no hay ninguna diferencia entre avanzar todo el tiempo y andar en círculos. Como todo el mundo, estoy aquí porque quise vivir mil vidas en una, pero terminé por vivir mil veces la misma”, aparece escrito en el cuaderno de frases póstumas de Charles Teasdale, el incendiario y lapidario protagonista de En busca de New Babylon, un western delicioso escrito por la canadiense Dominique Scali.

Bien. De una manera o de otra llegas a tu destino. “Hicimos lo que se hace cuando vas a algún sitio a disfrutar de un eurodescanso urbano: salimos a dar un paseo, uno de los peores paseos en los que jamás nos hayamos embarcado. La palabra noruega para ‘paseo’ debería traducirse por ‘cruenta lucha por la supervivencia’: rollo Estación polar Cebra con elementos de la retirada de Moscú”, escribe Geoff Dyer en el segundo libro que te traemos hoy que cuestiona hasta la médula el sentido de hacer turismo. Arenas Blancas es un constante comparar las expectativas de tu viaje con su resultado final. Dyer contagia ese abismo de un sentido del humor con el que te ríes por no llorar, porque las mejores comedias siempre son tragedias en las que puedes reconocerte.

Quizá uno de los más famosos ‘paseos al llegar’ sea el del principio del libro fundacional de la novela negra, Cosecha roja: “Fui al Hotel Great Western en un taxi, me libré de las maletas y salí a echar un vistazo a la ciudad. No era bonita. La mayor parte de los constructores habían buscado la ostentación. Puede que la lograran al principio. Mas luego los altos hornos, cuyas chimeneas de ladrillo se erguían al sur contra una tétrica montaña, habían dado a todo una suciedad uniforme, amarillenta y ahumada. El resultado era una fea ciudad de cuarenta mil habitantes, situada en un vallejo entre dos feos montes, todo ello envilecido por las minas. Desplegado sobre el conjunto se veía un cielo sucio que dijérase haber salido de las chimeneas de los altos hornos”. La ciudad se llamaba Poisonville. Gracias, Dashiell Hammett, por la secuencia de adjetivos “uniforme, amarillenta y ahumada”. Te queremos.

Si eres un viajero aguerrido, quizá quieras alojarte en una de esas ciudades utópicas en la estela de Le Corbusier, esas periferias de hormigón que fueron concebidas para la convivencia y el desarrollo personal armónico, pero no. Alain de Botton, en La arquitectura de la felicidad, lo describe así: “Irónicamente, lo que el sueño de Le Corbusier ayudó a generar fueron las urbanizaciones distópicas que hoy rodean al París histórico, las zonas desoladas de las que los turistas apartan la mirada con espanto e incredulidad al dirigirse a la ciudad. Al tomar un tren hacia alguno de los más violentos y degradados de estos lugares, se advierte lo que Le Corbusier olvidó acerca de la arquitectura y, en un sentido más amplio, acerca de la naturaleza humana. Se le olvidó lo deprimente que resulta el hormigón armado bajo un cielo gris”. O como lo expresan con ánimo aniquilador los miembros del blog arquitectónico Satan es mi señor, “adifisios brutalistas y engenders míticos”.

Ciudad utópica

Ciudad utópica en verano

La estrella simbólica de las vacaciones continúa siendo el hotel. Aunque sólo sea por poder poner HOTEL en lo alto de un edificio, o de forma descendente en una arista de la fachada, como para que suba por ahí Harold Lloyd. Se nos ocurrió la idea de escribir esto echando un vistazo a Vidas de hotel, una recopilación de relatos de ambientación hotelera seleccionados por Eduardo Berti y publicada por la editorial Adriana Hidalgo. Nos ha gustado mucha la cita con la que Berti empieza un prólogo que es algo así como un listado casi exhaustivo de la literatura dentro del hotel. Cita una carta de Hemingway de 1939: “Para escribir me retrotraigo a la antigua desolación de un cuarto de hotel en el que empecé a escribir. Dile a todo el mundo que vives en un hotel y hospédate en otro”. Qué americano eso de vivir en un hotel. “I remember you well in the Chelsea Hotel, you were talking so breve and so sweet”, le cantaba Leonard Cohen a Janis Joplin. En ese mismo hotel Arthur C. Clark escribió 2001. Una odisea del espacio y Sid Vicius apuñaló a su novia Nancy Spungen.

Sobre esa idea de retirarte a escribir a un hotel construyeron los hermanos Cohen su película más áspera, Barton Fink, y es la base de Retiro, ese puñetazo de Serguéi Dovlátov que acaba de publicar Fulgencio Pimentel: “Vivir es imposible. O se vive, o se escribe. O la palabra, o la acción. Pero en tu caso la acción es la palabra. Y cada acción, cada Tarea con mayúscula te produce rechazo. A su alrededor hay una zona de espacio muerto. Allí se extravía todo lo que estorbe a la Tarea. Allí se pierden las esperanzas, las ilusiones, los recuerdos. Reina allí un ruin, indiscutible, inequívoco materialismo…”, dice el protagonista-narrador-escritor al llegar a su trabajo como guía en un parque temático dedicado a Pushkin.

“El chico de hotel no tiene edad. Mientras se mantenga con un cuerpo medianamente ágil, es un ‘chico’ a los sesenta y cinco igual que lo era a los dieciséis, cuando comenzó su carrera como botones, camarero o mozo. Sus ganancias continúan siendo casi las mismas a través de los años”, escribe Jim Thompson en Texas, una de sus novelas aparentemente de perfil bajo, escrita solo un año después de 1280 almas. Thompson fue botones y confesó que lo que había vivido esos años le había dado material para afilar ese escalpelo que era su mirada sobre la condición humana.

Si no eres de hotel y prefieres eso tan de moda ahora de ir a casa de alguien que realmente no es su casa sino la casa que ese alguien tenía para alquilar a gente y ahora alquila a turistas a precios comparativamente astronómicos y de paso cargarte los barrios del centro de las ciudades… échale un vistazo a Maravillosos vecinos, de Helene Lasserre, una historia orientada al lector infantil: un edificio tranquilo recibe nuevos vecinos y estos introducen cambios en el modo de vida, nuevas costumbres y situaciones divertidas. Lo de airbianbí podría ser así, pero no.

Siempre puedes ir también a la casa del pueblo, si tienes pueblo y te gusta el embutido auténtico. Vacaciones en Suecia, de Edith Unnerstad, narra una de esas etapa de la vida en las que el verano supone un antes y un después. Esos ritos de paso, alejarse de la seguridad del hogar y de los padres, trabar nuevas amistades… una lectura muy recomendable para jóvenes de ciudad.

Olvidar es fácil. El año pasado hablábamos del viaje obligado, el desplazamiento, la odisea para encontrar refugio, para sobrevivir. Lo hacíamos con sensaciones a flor de piel por lo que estaba pasando. Pero hoy casi no nos acordamos y todo eso sigue pasando, y pasando más. Manual de exilio, de Velibor Colic, editado por Periférica, es uno de los mejores libros que hemos leído este año sobre el tema: “El nuevo mundo a mi alrededor es anguloso y amenazador. Lo veo como un flipper gigantesco. Me golpeo todo el tiempo, por donde pase: en la tibia, en la cadera, en los hombros y en la pobre cabeza. Con frecuencia hay una silla, el pico de una mesa o una puerta demasiado baja en mi camino, y me golpeo. Choco con una fuerza ciega, y sangro. Tengo la sensación de que la suma de esos pequeños dolores me confirma que sigo vivito y coleando. Me adapto mal. Mi Francia se compone de un espacio reducido y de objetos maléficos. Soy un elefante en un universo de porcelana poblado de gente educada y ágil que se desplaza con una comodidad asombrosa entre sus trampas”.

Elogio del bistró - Marc Augé

El bistró, el lugar de los encuentros informales

Si sigues empeñado en ir a un hotel y la habitación 237 en la que te alojas (sí, es la de El Resplandor, cómo nos íbamos a dejar pasar ese ítem) es conocida por los empleados del hotel como “el escobero”, tal vez te apetezca salir a dar una vuelta. Un bar es una buena elección. “La barra es el centro de un espacio concebido para no pertenecer a nadie, pero dando su lugar a todos”, escribe Marc Augé en Elogio del bistró, publicado por Gallo Nero. Y encontrar un lugar que te abre un espacio cuando estás en una ciudad extraña es importante. “Lugar de pequeños ritos sin importancia, es cierto, pero ritos al fin y al cabo. Para que un momento sea importante no tiene por qué alcanzarse necesariamente alguna verdad o encontrar el amor, sino algo mucho más modesto, como que, después de una conversación, uno tenga la sensación de existir en la mirada del otro y viceversa. En eso consiste el rito: es repetición, pero nunca es completamente idéntica, sino que algo ha sucedido de por medio”.

Si Augé, el filósofo que acuñó el término ‘no-lugar’ para referirse a esos sitios donde parece haber vida pero no la hay, habla en esos términos del hecho de ser acogido en la barra de un bar, esta misma noche le hacemos caso. Vamos a ver las vacaciones como la oportunidad de existir en la mirada del otro y de que los libros existan en nuestra mirada.

Hasta la próxima semana.

La imagen superior pertenece a la película Grand Hotel Budapest, dirigida por Wes Anderson, inspirada por textos de Stefan Zweig, diseño de producción de Adam Stockhausen y dirección artística de Stephan Gessler.