Saltar al contenido principal

Blog

De ‘Amiga, date cuenta’ a ‘Date cuenta de tu amiga’
01/06/2026

De ‘Amiga, date cuenta’ a ‘Date cuenta de tu amiga’

Se está escribiendo mucho sobre la amistad. Nos sumergimos en unos cuantos libros recientes para tratar de descifrar de qué está hecha y cómo se entiende hoy esa palabra tan gastada y tan viva.

Por Marina Capasso

Entre estas paredes empieza a respirarse la conspiración de cada final de año: esa que nos reúne alrededor de los libros que más se nos han quedado dentro en este 2025. Se abren los primeros debates, las defensas apasionadas, las alianzas improvisadas, como en esos juegos de mesa en los que se comprende, de pronto, que lo importante es colaborar para que la partida tenga sentido. Quizá sea este clima cómplice y un poco festivo, pero estos días no dejamos de pensar en la amistad.

Empecemos por definirla. Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana, escribe: “A esta veneraron por deidad los romanos y aunque no le hicieron templo tuvieron de ella estatuas y pinturas”. Qué maravilla: la amistad como una diosa sin templo, un altar portátil, invisible, que solo se activa cuando dos o más personas deciden creer en ella. Siglos más tarde, la Real Academia Española propone: “Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato”. Las definiciones, como los manuales de instrucciones, ofrecen la falsa promesa del orden. Pero en estos últimos tiempos la literatura está demostrando y a la vez desmontando ese concepto, así que vamos allá: a ver de qué está hecha, de verdad, esta palabra tan gastada y viva.

I. Friends will be friends

Marina Garcés, por ejemplo, tampoco consigue elaborar una definición exacta de este sentimiento (y acaso ahí empiece su lucidez). En La pasión de los extraños, uno de esos libros escritos desde el borde mismo del pensamiento, confiesa: 

“Pero tengo que decir que todavía no lo sé. Lo puedo contar, pero no consigo argumentarlo. Tiene que ver con una extraña amalgama entre lo íntimo y lo político, sin que lo íntimo sea lo privado ni lo político se reduzca a la militancia ni a la acción colectiva. Tiene que ver con una especie de contrasociedad, que se sabe y se organiza sin ponerse al margen. […] Por eso, hay algo en ella que escapa a los contornos, a las definiciones y a las escrituras. No es inefable, pero contiene o propone un misterio.”

Esa declaración de incertidumbre no debilita su teoría, la fortalece. Garcés no pretende definir la amistad; intenta, más bien, rodearla, reconocer su rareza. En su mirada, la amistad es una especie de fuerza que no construye comunidad en sentido estricto, pero que tampoco la niega. En una entrevista en la RNE, la ensayista zaragozana lo resumía con una mezcla de humor y desconcierto:

“Si no sirve para nada, ¿para qué sirve tener amigos? ¡Qué extraño! Ese es el punto de partida de esa extrañeza de la amistad. Y el otro significado de la extrañeza es que todo amigo, toda amiga, es un extraño en nuestras vidas, no viene de casa, no viene puesto, no viene de ahí donde ya se construyen los primeros vínculos”.

Y quizá sea ahí, en ese gesto de compartir sin propósito, donde la reflexión de Garcés encuentra su eco más vivo. Porque hay quienes, sin proponérselo, practican esa “contrasociedad” de la amistad cada día. Pensamos en los amigos que te reordenan la cabeza como quien abre las ventanas y deja entrar aire nuevo. Ese aire fresco sopla también en los paseos porteños de Joana D’Alessio —autora de Pequeño tratado sobre la amistad— y sus compañeras de camino, donde el vínculo se entiende como una corriente viva, un impulso que acompaña en ese largo recorrido que es la vida. D’Alessio relata:

“Sé pasar tiempo sola en mi casa, puedo estar días y días leyendo, trabajando, cuidando mis plantas. Sin embargo, para cruzar el umbral, necesito compañía. Entonces decido pedir ayuda. Les ruego a mis amigas que caminen conmigo”.

Esa misma disposición al acompañamiento atraviesa La amistad y sus derivas. Una conversación entre Sabina Urraca y María Folguera. Allí esta palabra se desgrana como si se reinventara desde cero: las autoras se escuchan, se contradicen, se lanzan preguntas que no buscan respuesta inmediata, con la cadencia de lo que no quieres que termine nunca, siguiendo el ritmo de la propia amistad. Y es que, como reflexiona Urraca, “las amistades que más me interesan son aquellas en las que siempre hay una conversación en curso, una charla permanente, inacabada. La típica conversación en la que estamos en una esquina despidiéndonos —contigo [María] me pasa mucho—, parece que nos vamos cada una por nuestro lado, nos tenemos que ir ya, pero seguimos hablando, vamos enganchando un tema con otro y, cuando finalmente nos decimos adiós, han quedado un montón de cabos sueltos”.

Y cómo olvidar a esas presencias que actúan como brújula cuando se pierde el norte, como ocurre en Las cabras, de Pilar Asuero: cuatro chicas —con La Cami como narradora— que intentan sostener el hilo de una amistad atravesada por la distancia entre España y Chile. A través de mensajes, llamadas y videollamadas, mantienen viva la conexión incluso cuando la vida de cada una avanza por caminos caóticos e inesperados, como solo pueden serlo a los veintitantos. Asuero escribe: “Al fin y al cabo, mis amigas son una especie de segunda familia, incluso en el sentido de que realmente yo no las he elegido. Qué clase de decisiones sensatas iba a tomar a la misma edad en que decidí que mi correo electrónico fuera kami.hellokitty@hotmail.com. Aparecimos en las vidas de las otras y nos acompañamos en un camino en el que nunca tuvimos ninguna certeza salvo que, cuando una se lanzara al vacío, las otras tres estarían abajo, atajándola”.

II. Ahora no podrás leer ‘Ya no será’ de Idea Vilariño sin llorar

Sí, lo sabemos: “Ya no será” es un poema de amor. Pero a veces el fin de una amistad duele más que un amor que se acaba. Bien lo sabe Juanpe Sánchez López que, en la dedicatoria de Superemocional, afirma: “A mis amigas que ya no son mis amigas, que fueron mis primeras grandes rupturas”. Porque incluso en esas historias luminosas se adivina la sombra: el momento en que el mapa compartido se rompe y ya no sabemos cómo nombrar el lugar que antes habitábamos juntos. Entonces la escritura se convierte en la única forma de preservar el vínculo y de enfrentarse al duelo, de poner orden donde solo queda el vacío.

“Yo no escribo para perdonar. Yo no quiero pasar página echando tierra al agujero. Si escribo esta historia es para no mirar al otro lado cuando apareces. Si escribo esta historia es para detenerme y decir: aquí estamos nosotras. Todavía”, confiesa Raquel Congosto en Amiga mía. Estas frases podrían servir de epitafio a tantas amistades que ya no son, pero que siguen ocupando un lugar invisible en la memoria. En esta misma línea, Anna Pacheco, una de las autoras que participa en (h)amor 9 amigas, explora la complejidad de ese vínculo que tantas veces damos por sencillo:

“La amistad está llena de malentendidos, interferencias. Es como un saco lleno de tierra grumosa. Un día llueve y te das cuenta de que llevabas mucho tiempo pisando un gran charco de barro. Continuamente, todo el rato, no nos estamos entendiendo. ‘Me han dicho’, ‘tú has dicho’, ‘yo pensaba que’, ‘tú fuiste la que’. Barro. Barro”.

Quizá por eso los libros sobre la amistad duelen y consuelan a la vez. En un texto de Punzadas de octubre de 2021 —de paso, os recordamos que Inés García y Paula Ducay estarán aquí con nosotros el 11 de noviembre, en el Día de las Librerías— leemos: “‘Los amigos lo curan todo’; ‘cuando tienes un mal día, tomas algo con tus amigos y todo lo malo desaparece’, ‘los amigos son un tesoro’, ‘los amigos son la familia que se elige’. Sí, muchas veces es así. Nosotras mismas hablamos del calor que puede producir la presencia, acompañamiento y cariño de nuestras amigas (síííííí, o amiiiiiigos —[léase con la voz de Isa Calderón]). Sin embargo, en los últimos meses hemos tenido varias conversaciones acerca de lo tóxicas y dañinas que son algunas relaciones de amistad. Precisamente porque la amistad es equiparable para muchas personas con la familia, el sufrimiento que puede causar un amigo es equiparable al que puede producir un familiar (que es muchísimo, pero de lo terrible que puede ser la familia hablamos otro día)”.

De eso también hay que hablar: de los afectos que pesan, de los vínculos que se agotan, de la dificultad de soltar lo que un día fue refugio. A veces hay que alejarse para protegerse, aunque duela; otras, hay que aprender a reconciliarse con el silencio. La ruptura de una amistad tiene una intensidad que pocas veces se reconoce: no hay rituales sociales para llorarla ni palabras que consuelen del todo. Y aun así, seguimos. Seguimos dando ese salto al vacío que es confiar, abrirse, dejarse acompañar. Seguimos construyendo un lenguaje común, un territorio donde reconocernos, como si en cada palabra hubiera una promesa de permanencia, una manera de seguir existiendo en plural. Porque querer —en cualquiera de sus formas— también implica aceptar la posible herida, sabiendo que, al final, siempre valdrá la pena.

III. De sentimiento a forma de vida

Si has llegado hasta aquí, te habrás dado cuenta de que no hemos sabido ofrecer una definición exacta de esta palabra tan misteriosa. Pero quizá sí una lista de libros que merecen la pena, casi todos recién salidos del horno editorial. Seguro que ya asoma por ahí algún titular que proclama: “El boom de la amistad”. Y es cierto: se está escribiendo mucho, pero también queda mucho por escribir. Tal vez este interés tenga que ver con que ya no idealizamos la amistad como antes. Hemos dejado de verla como un sentimiento puro o accesorio y empezamos a entenderla como una forma de vida: una práctica del cuidado, con sus luces y sus tropiezos. 

Así que ya lo sabes: si algo de todo esto te ha removido, o si has echado de menos a tus amigos mientras nos leías, te esperamos en la librería con nuestra selección de libros.