Recortes Corsarios

RC#11: Si no eres líquido, te liquidan

Enrique Vila-Matas – Paul Auster – Javier Pérez Andújar y Laura Pérez Vernetti – Claudia Piñeiro – Marcel Beltran – Marco Reus – Gonzálo Vázquez – Dražen Petrović – Misha

Enrique Vila-Matas escribe en El País sobre un fenómeno en el que pensamos que cualquier lector puede reconocerse: la fijación con el primer libro que leemos de un autor determinado, la impronta que deja en nosotros ese contacto inicial y la sombra que proyecta en la recepción personal del resto de su obra.

Otro asunto parecido es cuando un título queda pegado para siempre al nombre del autor, ese truco que usan los editores de fajas para vender o los periodistas para no repetir demasiado las mismas palabras: Ahora no pongas Auster, pon “el autor de La trilogía de Nueva York”.

Hay que reconocer que La trilogía de Nueva York, como título, es algo que parece que haya existido desde siempre, tiene todas resonancias que hacen falta para perdurar.

“Tal vez lo que hay en el enigma de la invención del “mejor libro” de un escritor sea el hecho de que, al seducirnos la primera obra de éste, nos afiliamos a la atmósfera nueva que con él nos llega y en la que querríamos instalarnos persistentemente. Quizás lo que más admiramos de esa primera lectura deslumbrante no es la novela, sino la obra, el fantasma de la obra completa que aún está por llegar”, escribe Vila-Matas.


Está el padre Elías Corujedo en la consulta de la maga Casandra y conversan. Ella le dice: “¿Sabe que se parece a Cioran? De estudiante no leía otra cosa”. Él quiere saber algo acerca de Maravillas, una joven solitaria que ha dejado de vivir, un enigma ardiente alrededor de la que orbitan varios personajes singulares. Casandra se prepara para hacerle una pregunta al tarot. “Puede ser el pasado? El futuro está sobrevalorado”. “Si sigue escrito, sí”, responde ella. “–¿Se borra?” “–Cuando más lo necesitamos”. Él tiene muchas preguntas: “¿También se borra la gente? Yo creo en la vida eterna”. “La vida eterna es una forma como otra cualquiera de sobrevivir”, dice ella.

Ahí podría quedar resumido todo el espíritu de esta nueva faceta de guionista de cómic que ha emprendido Javier Pérez Andújar en El designio, dibujado con el trazo del tebeo underground de toda la vida por la magnífica Laura Pérez Vernetti. Esa avalancha de frases brillantes llenas de múltiples significados que hacen brincar una historia –como ir pillando todos los aceleradores amarillos en el Super Mario Kart– y que no están ahí por estar ni por dárselas uno de escribir bien sino porque elevan lo que se cuenta al tono poético (y político) que requiere lo que se está contando.

Está lleno El designio de señales: guiños a iconos de la cultura visual, desde el Cristo de Mantegna a una página de aire tintinesco. Un ansia mística de los personajes por vivir una vida llena de trascendencia. Señales porque ese padre Karras-Cioran puede ver más allá de la apariencia física de lo real y va a hacer de intermediario entre el mundo de los vivos y el de los muertos. En ese jaleo dimensional también se mete Largo Reina, un músico apesadumbrado que se encarna en Orfeo para buscar a Maravillas allí donde le permiten llegar la tecnología y la visión de negocio de las pompas fúnebres Final Feliz.

Los Pérez, Andújar y Vernetti, recorren y con su camino dibujan el arco que va del Pulgarcito y todo el universo Bruguera hasta El Víbora, la plasmación más prolongada del cómic contracultural español. Vernetti alterna estilos visuales con elegancia y muchísimo sentido, Javier sintetiza temas y tonos que ya había tratado en sus novelas La noche fenomenal y El año del Búfalo: lo fantasmagórico, la imposibilidad de regresar al pasado, la desorientación del presente, el humor de lo contradictorio y el festival de la imaginación. Su oído para el sonsonete de la tragicomedia española vía tebeo y novelita de quiosco hace brotar bocadillos de pura gloria: “Hoy día si no eres líquido, te liquidan”, dice uno.

Ahí está El designio, editado por Autsaider con su capacidad para la filigrana habitual. Es un tebeo con todas las de la ley, aunque hay dentro un taxista que dice: “La novela gráfica es como el fútbol sala, no sé si me entiende”. Jogo bonito, decimos nosotros.


Para mí, la palabra era (es) un arma siempre lista, y si pasaba un límite, que no podía ver hasta después de haber hablado, el otro salía lastimado. Yo también. Así empezó todo: por temor a que mis palabras hicieran daño. Y ese temor no me conducía a otra manera de decir, sino al silencio. Así fue que, coherente con el motivo que me había llevado a terapia, mis primeras sesiones fueron de silencio absoluto. No recuerdo cuánto duró el período de “análisis silencioso”, pero sí que fue largo y penoso. El silencio no siempre es un refugio agradable”.

Hemos empezado a leer Escribir un silencio, el nuevo libro de Claudia Piñeiro, un repaso personal tejido con la base de artículos y conferencias escritos y dictadas a lo largo de los años en diversos medios y eventos. Comienza contando cómo su uso dañino de las palabras la llevó a terapia psicoanalítica y una vez allí tardó largo tiempo en empezar a hablar. Justo se abrió cuando empezó a escribir, cuando dejó un exigente trabajo de economista para dedicarse a la literatura. Podríamos decir que asistimos a la creación de la escritora tan magnífica que ya conoces. Claudia estará aquí el martes 14, acompañada por Paqui Noguerol.


No sabemos muy bien qué pesar de un tío que lleva tatuado en toda la extensión de su antebrazo su nombre –en tipografía de inspiración de manuscrito medieval– y su fecha de nacimiento. Se llama Marco Reus, es futbolista alemán, se ha clasificado ayer para la final de la Champions y Marcel Beltrán le dedica un artículo en Panenka. En el texto cita a Pedro Juan Gutiérrez, Juan Rulfo y Ernesto Sabato, y además de lo del fútbol también va un poco de qué significa ser escritor hoy día, o ser cualquier cosa que tenga una vertiente pública.


(…) “aquellos rivales odiosos de los que llegué a envidiar su origen, porque eran todo lo que nosotros no éramos ni teníamos, la viva imagen del talento y la superioridad, y solo entonces, recuerdo, también llegué a sentirlos míos, o a entender que Yugoslavia fue una soberbia brillante y necesaria, una ruptura de guion en la vieja Europa, monástica y cansada, como los modernistas que venían a cortar hilos y resulta que eran más románticos que los románticos”.

Dražen Petrović

Escribe Gonzalo Vázquez de esa idea de Yugoslavia en Viaje al centro de la NBA, su nuevo libro. ¿Cuánta gente de tu instituto empezó a hacer cosas raras con la lengua imitando a Dražen Petrović mientras botaba y botaba y sabías que no te la iba a pasar, a ti, que ni siquiera llevabas camiseta de tirantes sino una vieja y gris de ColaCao de Moscú 80? Pues eso. No eran la obviedad de la URSS ni la lejanía de los norteamericanos, esos continentes que manejaban la comba de la Guerra Fría. En medio, los que más y mejor saltaban eran los yugoslavos, que además se sabían todas las canciones. Y cuando se iba uno, llegaba otro con apellido acabado en C y era todavía mejor.


Mil y pico palabras, ya está bien por hoy.

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