Recortes Corsarios

RC#12: El colmo de un librero

Kundera y Hrabal – Luis Torres de la Osa – Tenis – Richard Ford – A. M. Homes – Manuel Arroyo-Stephens – Roger Corman


Recortes Corsarios: Una especie de diario de casi todos los días en el que se recogen algunas cosas que pasan en la librería, otras que pasan por la cabeza de los libreros y algunas más que pasan en general. Fragmentario y, ojalá, rocambolesco. Lecturas, avistamientos y escuchas.


“¿Se conocieron Kundera y Hrabal alguna vez? Me gusta imaginármelos jugando un partido de tenis en el mismo club donde empezó a jugar Martina Navrátilová, Kundera un joven vigoroso y más bien rudo, Hrabal un hombre de mediana edad –pero no devastado: Hrabal, la escritura de Hrabal, tan juguetona y luminosa y divertida como las mariposas de Nabókov, le protegió, en cierto modo, pese al rostro durísimo, arrugado como una hoja de papel desechada, de la devastación–, más ligero y de golpes más suaves, mientras en la valla de la pista, con cierto aire desmayado, unas chicas checoslovacas los miran con ojos lánguidos, las pestañas como pértigas, sonriendo azoradas ante las bravuconadas de Kundera o las payasadas de Hrabal, ambos atravesados como mariposas por el alfiler incandescente y lánguido de la fascinación”. Nocturno de tenis. Luis Torres de la Osa.


Seguramente en ese larguísimo párrafo está bien reflejado casi todo lo que es Nocturno de tenis. La idea de la crisis de los cuarenta –tan masculina, tan catastrófica para la aspiración de seguir siendo joven– como la constatación de un proceso devastador; el concepto de la fascinación –la que se recibe y la que se ejerce– como base de mucho de lo que se hace en la vida y especialmente en el tenis; la mezcla de ese juego de vasos comunicantes con todo lo que le rodea, especialmente la literatura; la importancia del estilo, el deseo de saber si el estilo refleja la personalidad de uno –jugador, escritor– y de qué demonios se compone todo eso que cristaliza en lo que llamamos estilo; el estilo escribiendo, entre la memoria de un joven que fue niño tenista de talento y campeón alevín de la Comunidad Valenciana y los apuntes de quien dejó las pistas ante la intuición de que había algo más allá que se escapaba: la música, las chicas, los libros, la disposición no competitiva ante lo que se nos pone delante; las rayas (estas –rayas– ortotipográficas), las rayas enormes y que contienen grandes digresiones en medio de un panorama narrativo hecho de fragmentos, y también las rayas que son las líneas sobre las que los sueños arrojan todas las pelotas que golpeas.

Red Oaks, la vida en un antiguo y soleado club de tenis, según la comedia de televisión

Y también Foster Wallace y el revés paralelo a una mano de Federer, claro, y John McPhee, y Navókov y una pequeña teoría de que la fascinación tenística late bajo la fascinación de Humbert Humbert por Lolita. En realidad, muchas teorías lanzadas al vuelo, muchos interiores de clubes de tenis como espacios soleados y construidos para el ocio absoluto y total de una juventud inconsciente de que los mayores momentos de felicidad probablemente no vuelvan nunca.

Para un libro de tenis, bastante bien, ¿no? Guiño, guiño.


“Últimamente, me ha dado por pensar en la felicidad más que antes. No es una consideración ociosa en ningún momento de la vida, pero ahora que me acerco a mi asignación bíblica estipulada (nací en 1945) ya no es un tema que pueda pasar por alto”. Sé mía. Richard Ford. Traducida por Damià Alou.

Frank Bascombe no fue nunca, digámoslo así, la alegría de la huerta. Parecía que sobre sus espaldas descansaba de una u otra manera toda una angustia y unos deseos –generalmente insatisfechos– de toda la clase media norteamericana, desde los ochenta hasta ahora. En el nuevo libro de Ford, su personaje tiene setenta y cuatro años, un hijo que parece que va a morir antes que él y nos sumerge en una atmósfera que no acaba de estar llena de resignación pero que entre sus nubes sólo deja pequeños atisbos de algo que podríamos llamar felicidad.

No me negarás que “asignación bíblica estipulada” para referirse a la edad que va a alcanzar uno está muy, pero que muy bien.

Vamos a leerlo esta semana con muchas ganas, a saborear ese profundo sabor norteamericano de Ford, norteamericano hasta de apellido.


Más USA:

“ –Le diré algo –suelta el Pez Gordo, mirando a su alrededor como asegurándose de que no hay oídos indiscretos, porque va a contar un secreto–. En este país hay dos ciclos políticos: uno es de dieciocho meses y el otro de cuatro años. Hablamos de ‘la siguiente vuelta’ como si comprásemos entradas para subirnos a una atracción de un parque temático. La democracia como montaña rusa. Sube cincuenta metros y cae a ciento cincuenta kilómetros por hora, ¿y qué es lo que hace la gente? Hace cola para volver a subirse. Una y otra vez. Arriba y abajo, se les revuelven las tripas cada vez, no se puede escapar de la biología; sienten el vértigo cada vez. Dieciocho meses. Cuatro años. Otros países planifican a cien años vista. Los nativos americanos hablan de cómo serán las cosas dentro de siete generaciones, dentro de ciento cincuenta años. ¿De qué hablamos nosotros? De la devolución de impuestos. Le damos a la gente trescientos pavos para que se los gasten y creemos que con eso cerramos el trato”. La revelación. A. M. Homes. Traducida por Mauricio Bach.

Barry Corbin en Doctor en Alaska

Con A. M. Homes casi todo ha sido una carrera de obstáculos. Descubrías un libro suyo, te hacías adicto y resulta que de repente había mucho descatalogado o directamente no traducido. Es una escritora enorme, con una mala leche singularísima, y con esas dos características a nosotros nos vale. Ese Pez Gordo que habla nos recuerda al tipo aquel que había sido astronauta y que representaba el poder establecido en Cicely –Doctor en Alaska–: un republicano multimillonario, ultraconservador y con ganas de hacerse valer. Pues bien, la novela transcurre en los primeros días tras la elección de Barack Obama. “Esto no puede pasar aquí” es su primera frase. Como unas castañuelas estamos ante la perspectiva de leerla. Te vamos contando.


Tendríamos que revisar los anteriores libros de Manuel Arroyo-Stephens, pero nos ha sorprendido el estilo de los textos inéditos que acaban de aparecer póstumamente bajo el título de De donde viene el viento. Frases cortas, nerviosas, casi una prisa por contar, por ir al grano y meterse en el núcleo de la historia que está contando.

La cubierta es una fotografía de la entrada –escaparate, puerta abierta, madera añeja, cristal– de una vieja librería, un espacio constituyente de la vida cultural –es decir, de la vida– de Arroyo-Stephens. Fundador de la editorial Turner, mexicanista declarado, uno de los más perspicaces escritores de memorias, como atestiguan sus magníficos Pisando ceniza o Mexicana.


Como en el chiste. ¿Sabes cuál es el colmo de un librero? Que saltan tantas novedades buenas juntas, que se pisen unas a otras. Y, no, no tiene gracia.


Roger Corman (1926-2024) fue un genio de lo precario y lo fantástico y lo terrorífico, el rey de una historia del cine que no pisó grandes alfombras rojas ni recibió grandes premios por sus películas –ganó el Oscar honorífico–, pero cuya influencia directa e indirecta fue enorme.

Seguramente Roger recordaba cuando una máquina enorme que reproducía discos de vinilo popularizó en muchos hogares norteamericanos la literatura hablada, un antecesor del audiolibro. Allí, en aquel aparatoso ecosistema de historias para llevar, reinaba Edgar Allan Poe y por ahí fue por donde empezó a conquistar su gloria. Poe, Vicent Price y Corman, vaya triplete.

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