Recortes Corsarios

RC#17: Los tres mejores minutos de tu vida

Mariana Enríquez – Taylor Swift – Elena Cabrera – PJ Harvey – Laura Fernández – Agustín Fernández Mallo

Mariana Enríquez está en un punto en el que va y escribe un artículo sobre Taylor Swift (largo y muy bueno, claro) en el periódico en el que ha trabajado siempre –porque a eso se ha dedicado siempre Mariana, a escribir en el suplemento cultural de Página 12– y el editor en vez de encabezarlo con un título con gancho, un título que sea como el título de un poema, un título que condense el contenido en una frase única, decide titular: “Taylor Swift por Mariana Enríquez”. Bueno, funciona.

The Tortured Poets Department es un gran disco. Todo lo escrito y dicho, que es mucho, es importante porque no hay, en este momento, una artista que se pueda comparar con ella. Y Taylor, a pesar de que juega seguro en el marketing, arriesga en lo artístico. Este es un disco arriesgado. Es la definitiva caída del velo de la chica buena para el que tantas mujeres están programadas, y Taylor Swift en particular. La chica que quería gustarle a todos abraza el caos, la envidia, la arrogancia. Les dice a sus fans, a quienes mimó incluso invitándolos a su casa, que también la hartan. Le dice a la industria que se agobia. También quiere ser exitosa y quiere ser amada. Esta es su confesión de cansancio, patetismo y voracidad. The Tortured Poets Department es el primer trabajo donde admite que su género es la autoficción, el memoir, la poesía confesional. Más allá de la música, faltaba su posición adulta y literaria sobre el género”, escribe. Merece la pena leerlo entero.


Nosotros no fuimos al Bernabeu a ver a Taylor, pero sí al Botánico a escuchar a PJ Harvey. A escucharla bastante cerquita.

En la foto superior, PJ Harvey, a lo Klimt.

“La interpretación de su clásico Down By The Water no solo fue el mejor momento de la noche, sino un éxtasis de belleza que debería quedar para la historia, durante generaciones, como tres de los mejores minutos de la vida de las miles de personas congregadas en el jardín botánico complutense”, escribe una arrebatada Elena Cabrera en eldiario.es. Compartimos el entusiasmo.


¿Cuáles crees que serían los tres mejores minutos de tu vida? ¿Y los 3 tres mejores minutos de tu vida? ¿Cuántos minutos tardarías en llegar a la conclusión de que esos tres minutos son los mejores de tu vida? Suponemos que es un tema que no admite raciocinio.


En Hay un monstruo en el lago, libro del que ya te hablamos el otro día, Laura Fernández cuenta algo acerca de Peter Pan: la historia David, el hermano de J.M. Barrie, que murió de niño tragado por las aguas heladas de un río mientras patinaba. Barrie lo mantuvo siempre niño, en un lugar en el que no pasa nada, el País de Nunca Jamás, un lugar creado para poder encontrarse con su hermano a través de la imaginación. “El lugar al que se mudó David Barrie al ahogarse fue, en realidad, la imaginación de su hermano escritor”, escribe.

Lo hemos recordado leyendo Madre de corazón atómico, la nueva novela de Agustín Fernández Mallo. Apunta: Agustín regresa a la librería el jueves, día 13, a las 19:30h con Alejandro Fernández Bruña, que pasa por ser uno de sus lectores más exhaustivos.

“Tras doce años escribiendo estas páginas llegas a una inesperada y magnífica conclusión: la muerte es una clase de resurrección, no es un final sino un punto de partida. El muerto reaparecerá, se hará presente en tu vida muchas veces y de mil formas distintas”, escribe.

Escribiendo sobre la muerte de su padre, Fernández Mallo propone una especie de canto antiépico a la vida, una celebración del hecho de andar por el mundo haciendo esto o lo otro, dejando huellas dispersas que invocan lecturas posteriores, herencias inmateriales que tardan en percibirse, huellas que provocan incluso un tipo de ritos de movimiento a los que Agustín se entrega con el entusiasmo de quien todavía es capaz de ver la capa misteriosa del universo.

El átomo del título –un álbum de Pink Floyd, el de la vaca en la portada que tanto nos llamaba la atención en el Discoplay– tiene algo de latido y también de órbita: el autor, una vez despegado del núcleo familiar, recorre como un electrón infatigable el Tour del mundo artístico y editorial mientras su padre ejerce de protón: el despacho, el sentido práctico, el afán por el conocimiento, la precisión en el trabajo, el pensamiento antidogmático de quien de niño vivió la Guerra Civil en los montes leoneses. Y también esa habitación 405 de la Clínica Modelo de A Coruña (Coordenadas, 43º 21’ 54.0060” N, 8º 24’ 35.9995” W), donde el padre se recupera de un traumatismo que dará inicio a un período de deterioro cognitivo.

Fernández Mallo actúa como mediador discreto. Su estilo casi parece imitar los informes que su padre –veterinario de profesión– escribía sobre temas científicos: no fuerza ni la metáfora verbal ni el sentimentalismo, parece más preocupado por investigar las serendipias, las posibilidades de reaparición súbita del padre en la vida en la que ya no existe, una manera de convocarlo a fuerza de reconocer señales del mundo exterior.

Podría ser este libro, incluso, algún tipo extraño de oración basada en la idea del juego intelectual, de la memoria como relato construido, del proceso de autoconocimiento a través del cual lo inadvertido se va haciendo no sólo evidente sino también inevitable. Una manera admirable de recordar, traer al presente, la historia y la herencia familiar.

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