Recortes Corsarios

RC#18: Bienvenidos a Mundofiltro

Vinimos a hablar de Mundofiltro y se nos fue la cabeza hacia J.G. Ballard y el fascismo.

Estábamos leyendo Mundofiltro. Cómo los algoritmos han aplanado la cultura y nos ha venido a la memoria un libro que tiene ya casi veinte años, el último que escribió J.G. Ballard, titulado en español Bienvenidos a Metro-Centre.

“Los barrios residenciales de la periferia sueñan con la violencia. Dormidos dentro de sus amodorrados chalés, protegidos por benévolos centros comerciales, esperan con paciencia las pesadillas que los despertarán en un mundo más apasionado…”, empieza la novela de Ballard.

Podríamos aventurar que dentro de ese amodorramiento, hoy, habrá alguien eligiendo una serie desde la pantalla de inicio de Netflix o reservando un alojamiento estiloso en Airbnb en un destino pintoresco desde donde poder subir unas fotos preciosas a Instagram. Todo el mundo eligiendo entre más o menos lo mismo, porque para eso funciona Mundofiltro, según lo cuenta Kyle Chayka en su valiosa investigación periodística sobre la capa de irrealidad que condiciona en gran medida nuestras decisiones.

Metro-Centre, tal y como lo concibe Ballard, es un centro comercial de la periferia londinense donde la acción de un publicista va a prender la mecha de una rebelión que ya contaba como combustible con el aislamiento urbanístico –podríamos llamarlo La Inglaterra de las piscinas, por seguir la idea de Jorge Dioni–, el patriotismo y la violencia implícita de las competiciones deportivas.

¿Qué he hecho?, le pregunta al director del instituto local. “Ha creado un estado fascista. Este es un fascismo blando, como el paisaje del consumidor. Falta el paso de ganso, faltan las botas militares, pero están las mismas emociones y la misma agresión. Como dice usted, hay una fuerte sensación de comunidad, pero que no se basa en derechos cívicos”, le responde.

Y continúa: “¿Qué necesidad hay de libertad y derechos humanos y responsabilidad cívica? Lo que queremos es una estética de la violencia. Creemos en el triunfo de los sentimientos sobre la razón. Necesitamos drama, necesitamos que nos manipulen las emociones, queremos que nos engatusen y nos estafen. El consumismo satisface todos esos requisitos. Ha creado el programa de todos los estados fascistas del futuro. El consumismo despierta un apetito que sólo el fascismo puede satisfacer”.

La más que probada clarividencia de Ballard no llegó a percibir a principios de siglo un estado de las cosas que arrojan, por ejemplo, los resultados de las últimas elecciones europeas, el principio del endurecimiento de ese fascismo blando que el consumismo y las sucesivas crisis sistemáticas han cultivado. Que el apetito consumidor se convierta, programáticamente, en voracidad, en la imposibilidad de saciarlo. El feed como fuente de alimentación constante, infinita.

Claro que en ese momento no habíamos llegado a la omnipresencia de eso que Chayka denomina, para resumir, como El Algoritmo: un sistema de recomendaciones autónomo, permantente y (retro)alimentado con nuestros datos de consumo y actividad digital.

Y qué es una recomendación personalizada más que el objeto de deseo de un publicista como el de Metro-Centre: la pestaña “Para ti”, lo de que te gustará B si te gustó A, la medición de qué ves, qué escuchas y qué lees y hasta qué punto y con qué intensidad lo haces, el tipo de decoración que prefieres para tu casa de vacaciones, qué parece que votas, qué haces con ese capital contemporáneo que es la atención…

El algoritmo como la creación más sofisticada y mutante del consumismo.

La siempre interesada mediación publicitaria pasada por el turboacelerador de la velocidad de proceso que permite la tecnología actual. Chayka analiza cómo afecta la aplicación a la cultura de esta estrategia a través de redes sociales y de plataformas de streaming y llega a una conclusión evidente: el aplanamiento, el predominio de lo mainstream a escala nunca vista, la sustitución del sentido de búsqueda y descubrimiento por la pasividad a la que aboca el abrumador sistema de recomendación.

Chayka es un periodista tecnológico que trabaja para el New Yorker, tiene una perspectiva millenial –nació en el 88– y realiza en este libro una investigación a fondo: le atrae de qué forma la dictadura algorítmica sobre lo virtual ejerce su influencia en el mundo físico. Lo que él llama la Cafetería Genérica –ese espacio antes llamado hipster–, el triunfo –y el destrozo tanto material como experiencial– de los sitios turísticos altamente fotografiables, la pérdida del concepto de colección como respaldo físico del gusto en favor del inestable fondo de armario de las plataformas, la connivencia entre lo que el algoritmo privilegia y lo que los creadores acaban teniendo que hacer para triunfar según sus siempre inextricables y cambiantes reglas. Las del algoritmo, no las suyas.

Qué decir. Hemos vivido todo esto en tiempo real, se ha ido colando como un ruido sordo y se ha hecho ubicuo, se ha convertido en el camino que hay que esforzarse para no seguir. Es importante recordar que no ha surgido como un seta en un pinar en otoño: lo han creado unas compañías concretas para su beneficio, no para el nuestro. En su forma actual es tan reciente que ni siquiera Enjuto Mojamuto le dedicó un capítulo.

Chayka propone algunas alternativas para relativizar la influencia de la tiranía algorítmica. Nos alegra que contemple las librerías como un espacio a salvo de la mano de las grandes corporaciones: se ordenan atendiendo al gusto o al sentido de la oportunidad de quien las dirige y las trabaja. Aunque, creemos, el mundo del libro no está ni mucho menos a salvo de estas tendencias generalizadoras.

Es especialmente relevante que se centre en la perspectiva cultural. Vemos la cultura como ese conjunto de relatos y creencias que se difunden y funcionan como sustrato de una sociedad en un momento dado. ¿Nos mueve el algoritmo a estar encerrados en limitantes burbujas creadas alrededor de nuestras elecciones? ¿Nos mueve a la pasividad? ¿Privilegia una falsa idea de la diversidad? ¿Nos iguala en una masa de la que extraer datos a la vez que nos infla el ego con las dosis de dopamina de los “Me gusta? ¿Lleva a los primeros lugares todo lo que tiene que ver con lo emocional? ¿Nos crea incomodidad lo que se sale de los parámetros estéticos y funcionales de su interfaz? ¿Funciona el algoritmo como una deidad antigua a la que hay que ofrecerle constantes sacrificios? ¿Es opaco o transparente? ¿Tenemos como ciudadanos algún control sobre él? ¿Es ese zumbido constante, ese reclamo de atención instantánea a lo siguiente, parte de nuestra manera de estar en el mundo?

¿Hay alguna línea que une lo de Bienvenidos a Metro-Centre y el fuego amigo del algoritmo pero no le estamos echando mucha cuenta porque total esto es para ver series y eso no hace daño a nadie? Veremos. Podría ser que la niña de Poltergeist también fuera una visionaria y los fantasmas entren por la pantalla.

Leer Mundofiltro es revelador, porque constata todo ese estado de las cosas que está por todas partes. Un gran libro.

Otro día hablamos de la inteligencia artificial, ese objeto de fe ciega. La IA como ese empujoncito final con la lengua que le dabas de pequeño al diente que estaba a punto de caer.

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