Recortes Corsarios

RC#2: Lejos del ruido, escucha la música

Maryse Conde, Scholastique Mukasonga, Alice Coltrane, Mauricio y Pedro Aznar, Javier Macipe, Pony Bravo, Los del Río, Día del Libro, Ariana Harwicz.


Recortes Corsarios: Una especie de diario de casi todos los días en el que se recogen algunas cosas que pasan en la librería, otras que pasan por la cabeza de los libreros y algunas más que pasan en general. Fragmentario y, ojalá, rocambolesco. Lecturas, avistamientos y escuchas. Entrada #2. 2 de abril de 2024.


MARYSE CONDÉ, 1937-2024

“Ni escribo en francés ni escribo en criollo: escribo en Maryse Condé”. Añade la traductora de la escritora antillana, Martha Asunción Alonso: “Lo que equivale a decir que la literatura es, a fin de cuentas, la única matria del escritor. Y cada creador amasa su propio idioma materno, híbrido y transfronterizo. Personal e intransferible”.

En La vida sin maquillaje, uno de sus libros autobiográficos centrado en la indagación sobre la presencia de África en su literatura y su vida, cuenta como nació su vocación de escritora:

“Tendría unos diez años. Fue, me parece, un 28 de abril, día del cumpleaños de mi madre, a quien idolatraba, pero cuyo carácter singular, complejo y caprichoso me desconcertaba sobremanera. Al parecer, elaboré un texto, mitad poema, mitad sainete, donde me esforzaba en retratar las múltiples facetas de su personalidad, a veces tierna y serena como la brisa del mar, otras veces burlona e hiriente. Mi madre me escuchó sin decir ni pío mientras yo, ataviada con una túnica azul, brincaba y hacía aspavientos frente a ella. Después, clavó en mí unos ojos que, estupefacta, descubrí anegados en llanto, y susurró:

—¿Así es como me ves?

Me invadió entonces una sensación de poder que jamás he dejado de intentar revivir, libro tras libro.”

Una gran escritora, publicada en España por Impedimenta.


Una escritora africana actual: Scholastique Mukasonga. La literatura de Condé es una especie de islote entre culturas, cercana y distante, portuaria. Con Mukasonga, ruandesa, tiene en común la lengua francesa y una centralidad de la memoria, el pasado colonial y el exilio.

“No tienes derecho a morir, vas a vivir cuando a nosotros nos maten, eres nuestra memoria”, le dijo en padre en 1973. Con diecisiete años abandonó Ruanda a pie hacia Burundi. Llegó a Francia en 1992, un par de años antes de que su pueblo, el tutsi, sufriera un genocidio que se venía larvando desde la colonización belga.

Nuestra Señora del Nilo novela sus años en el internado que da nombre al libro, un centro elitista con una cuota del diez por ciento para alumnas tutsis, donde ya se palpa la tensión que derivaría en el genocidio.


África es el título de un tema que Alice Coltrane interpretó en el Carnegie Hall en 1971, un concierto con una gran banda cuya grabación no se había publicado hasta ahora.

Tienes que dedicarle la casi media hora que dura ese pasaje musical para descubrir cómo la crítica a veces juega demasiado con las expectativas: durante años le estuvieron reprochando que no tuviera aquel empuje explosivo de su fallecido esposo, John Coltrane. Del saxo de Coltrane salían universos del tipo cuando al universo le da por hacer bigbangs. Alice era otra cosa. Pianista, arpista –un regalo de John justo antes de morir–, seguidora del hinduismo, un temperamento espiritual y tranquilo.

“Te dejaba mucha libertad, y confiaba en que tú supieras tomar decisiones que se salieran de lo esperado. Rara vez te dirigía la palabra, y si lo hacía siempre era para hablar de música”, le dice el contrabajista Cecil McBee –ochenta y ocho años, intérprete en aquel concierto– al periodista Iker Seisdedos, que publicó la semana pasada un reportaje magnífico sobre la autora en El País.

Esa respuesta nos ha recordado a aquel libro de Víctor M. Díez, Todo lo zurdo, la parte ‘Del diario imaginario de Denardo Coleman’: “La música no tiene jefes, nos repetía. Pero él tardaba en hablar con los músicos nuevos que llegaban. Les sonreía, asentía, pero tardaba en hablarles. Algunos creían caerle mal. Otros, me preguntaban sobre eso. Lo cierto es que él hacía las cosas como si las cosas fuesen así”. 

Hoy se vuelve a hablar de Alice Coltrane y nosotros hemos estado escuchándola esta mañana en la librería.


Hay un músico borracho en un bar. El bar de barrio está a punto de cerrar, el músico toca en una orquesta de verbenas, la borrachera es de anís. Zaragoza, años noventa. El músico está echando por la boca para quien le quiera oír –nadie– todo el resentimiento de años tocando Macarena y Paquito Chocolatero: la falta de valoración, la falta de respeto y, lo que es peor, la falta de cualquier atisbo de sutileza y de amor por la música. A Pedro, que así se llama, le gusta la música clásica, lo que más. Con sus manos parece querer dirigir una orquesta.

Llega su hermano al bar y le paga la última copa. Su hermano es Mauricio Aznar, el líder de una banda que está a punto de arrancar un camino al éxito, Más Birras. Acaba de volver de un viaje que parece que ha durado toda la vida: después de caer una vez más en la sensación almohadillada de la heroína se marcha a América a limpiarse y conocer los territorios creativos de Atahualpa Yupanqui y Mercedes Sosa. Allí, lejos del ruido, escucha la música. Siente su valor, su misterio, su lado atávico. “Eres llegador”, le dice Don Carlos, un mítico compositor de Santiago del Estero, al escucharle cantar.

La estrella azul, la película de Javier Macipe que cuenta todo esto, es una maravilla que en cada detalle multiplica su valor porque dice mucho sin querer contarlo todo. Podría haber sido un biopic más y se convierte en algo que consigue imponer como verdadero: una radiografía de la condición vampírica de la condición artística, musical o de cualquier otro tipo. Pasa por alto todo lo que alguien más aprovechado podría haber usado para elevar al tono hasta el melodrama pastel y se hace fuerte en el contraste de la luz y la sombra, la alegría y la tristeza, la música y La Macarena, ay, Macarena, ah. 

Fantástica. Como decía Cándida, vayáis a verla.


Pony Bravo tienen una versión de Macarena: una base y un sampler de Los del Río hablando de cuando se les ocurrió la canción y tal. Se titula Mc Arena y forma parte de un disco editado por Producciones Doradas en el contexto del recordado festival sevillano Zemos98. Hay versiones de Espaldamaceta, Manos de Topo, Mursego, Tarántula+Tu Madre y Fluzo, además de otra de Los Chiquillos del Barrio que recuerda mucho a su origen, que según Pedro G. Romero, es una melodía infantil que adaptaba un himno de marcha de los Marines USA y que se debió de escuchar bastante en las bases norteamericanas andaluzas.


Este año, dos carteles para festejar el Día del Libro. Tenemos el de Cegal –el gremio de librerías–, creado por Helena Pallarés, en el que una mujer aparece ensimismada leyendo y el libro se abre en un rojo que bien pudiera ser un corazón. El del Ministerio de Cultura es obra de Luci Gutiérrez, Premio Nacional de Ilustración 2023. Se inspira en una frase de Luis Mateo Díez, que recogerá ese día el Premio Cervantes: “Vivo contando y cuento viviendo, la ficción es una parte imprescindible de la existencia”.

¿Cuál te gusta más?


Estamos leyendo a Ariana Harwicz, otra de las que navega en la parte oscura de la noche. Perder el juicio es su nuevo libro: “Se escribe una novela cuando se está en desacuerdo con el sentido de las palabras, cuando dejar de mentir es imposible”. Viene en forma:

“Imagino a uno que se encuentra en un pelotón de ejecución delante de la fila de gendarmes con fusiles. Es la última hora, hay que escribir un testamento, imaginar la cara de tu madre al recibir las palabras de tu ejecución, las palabras, tres o cuatro, de tu disolución. Ya está, te disipaste, te volatilizaste, no estás, no sos, no fuiste, no naciste. Pero ni el adiós se escucha, adiós. Justo antes de ser conducido al paredón, lo llevan a su celda. Imagino ese estado de descontrol neuronal, de torcimiento, de pérdida de espacio zafral”.


Hasta aquí hemos llegado hoy. Mañana más.

Imagen superior: montaje con el cartel de Luci Gutiérrez para el Día del Libro y fotografías de Maryse Condé, Scholastique Mukasonga y Alice Coltarne.

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