Recortes Corsarios

RC#9: La música del azar

Paul Auster – Georgi Gospodinov – Marjane Satrapi

“Yo tenía doce años la primera vez que anduve sobre el agua. El hombre vestido de negro me enseñó a hacerlo, y no voy a presumir de haber aprendido el truco de la noche a la mañana”. – Mr. Vértigo. Paul Auster.

El día que conocí a Paul Auster hacía frío, llevaba puesta una cazadora de cuero negro encima de una camisa gris y parecía que hubiera traído un trozo de Nueva York a Valladolid. Miraba con esos ojos saltones que a la vez observaban y seducían, el pelo hacia atrás, un hombre contento por defender un trabajo que le permitía salir de su habitación de escribir, coincidir creativamente con gente distinta.

Era finales de octubre de 1998 y presentaba en la Seminci su primera película como director, Lulu on the Bridge, después de haber escrito el guión de Smoke y Blue in the Face, ambas dirigidas por Wayne Wang.

Williem Dafoe y Mira Sorvino en esas calles de Nueva York

Habría que volver a verla, pero la sensación general fue que ese universo poético que conseguía imprimir en sus novelas no funcionaba igual en la pantalla, o al menos no a la altura que se esperaba de algo que llevara su firma y un equipo con Harvey Keitel, Mira Sorvino, Williem Dafoe y Vanessa Redgrave en el reparto, o John Lurie como creador de la música.

Porque Auster en los noventa era mucho Auster, y lo que está claro es que se metió a la aventura cinematográfica sin hacer ninguna concesión ni a lo comercial ni a lo trillado. Recordaba mucho a aquellas películas de Gonzalo Suárez tan extrañas, oníricas y metafóricas, El detective y la muerte (1994) la que más.

“Durante todo un año no hizo otra cosa que conducir, viajar de acá para allá por los Estados Unidos mientras esperaba a que se le acabara el dinero. No había previsto que durara tanto, pero una cosa iba llevando a la otra, y cuando Nashe comprendió lo que le estaba ocurriendo, había dejado de desear que aquello terminara. El tercer día del decimotercer mes conoció al muchacho que se hacía llamar Jackpot”. – La música del azar. Paul Auster.

Cada quien tendrá su novela favorita de Auster. Es sencillo confesar que íbamos a leer lo que se publicara suyo, a buscar de nuevo su manejo un tipo de misterio un tanto desviado, del azar como materia oscura del universo, sus personajes siempre a medio camino entre el ser mitológico y el estadounidense medio que nunca está tranquilo, su punto de vista entre la observación casi lejana, como desde fuera de una cúpula, y la ternura que podría conseguir de repente en cuatro frases.

Entre todos los obituarios y repasos a una obra extensa y de calidad de la prensa de ayer nos quedamos con este recorte del de Eduardo Lago en El País, que le entrevistó con frecuencia. “A veces me pregunto por qué me he pasado toda la vida encerrado en un cuarto escribiendo, cuando afuera está el mundo lleno de vida y de posibilidades. La escritura exige entregarse a ella sin fisuras, abrirse a toda forma posible de dolor, de gozo, a todas las emociones que es posible sentir. Hacerlo bien requiere coraje moral. Ninguna otra ocupación exige a quien la desempeña que entregue el ser, el alma, el corazón y la cabeza sin saber si al final habrá recompensa”.

Fotografía de Paul Auster de hace un año, compartida por su esposa, Siri Hustvedt

Y recuperamos también un fragmento de ese libro que nos costó una pasta pero que resulta permanentemente nutritivo, las entrevista del París Review. Está hablando del momento en el que después de escribir poesía durante diez años se encontró totalmente vacío, atascado, acabado como escritor. Y resurgió como prosista:

“Creo que ocurrió en el momento en que me dejó de importar, cuando renuncié a mis aspiraciones de hacer alta literatura. Sé que suena extraño, pero, a partir de ese momento, escribir se convirtió en una experiencia distinta para mí, y cuando por fin me puse otra vez en marcha —tras un año revolcándome en el fango de la depresión—, las palabras surgieron en forma de prosa. Lo único que me importaba era decir aquello que quería decir, sin consideración alguna con las convenciones preestablecidas, sin preocuparme por cómo sonaba. Esto ocurrió a finales de los setenta, y desde entonces no he dejado de trabajar con ese espíritu”.

Baumgartner es su última novela.


El búlgaro Georgi Gospodinov ha despedido a Paul Auster como alguien que “aceleró” su imaginación en los años noventa, cuyo carisma y la trilogía neoyorkina le hizo soñar como escritor, soñar también en la posibilidad de serlo, de convertirse en uno de ellos.

Auster y Gospodinov, vaya dos

Ha subido un selfie de alguno de los paseos que dieron por Nueva York cuando Gospodinov disfrutó de una beca en el Cullman Center, de la Biblioteca Pública de la ciudad. La historia de su amistad parece una novela del propia Auster. Georgi recibe en Sofía una carta del norteamericano agradeciéndole un ejemplar de Novela natural que él nunca le había enviado (fue una amiga, en secreto). Un día, en NY, se cruza con él por la calle. De repente, un niño sale de un portal y se estampa contra el suelo delante de ellos. Se forma un corro de gente para auxiliarle. Cuando el grupo se disuelve, Gospodinov le hace una pregunta inédita: ¿es usted Paul Auster?

Le cuenta lo de la carta, que es escritor y que está en el Cullman Center. Se despiden amistosamente, media hora después le vuelve a ver en una tienda de comestibles, resulta que vienen a un par de manzanas de distancia. Y tienen un amigo común. Un día quedan los tres, pero el amigo se pone enfermo y Georgi va a casa de Auster. Llama, sale y van a dar un paseo. “Me llevó al bar más cutre que he estado en mi vida, bebimos cerveza y hablamos durante horas”, contaba el búlgaro, como si estuviera contando uno de sus cuentos. Vaya dos.


Auster ganó en 2006 el Príncipe de Asturias de las Letras. Ayer supimos que Marjane Satrapi ha ganado el de Comunicación y Humanidades de 2024, que el año pasado fue para Nuccio Ordine. Bien que nos alegramos. A ver si otorgan uno de cómic, que tampoco pasaría nada.


Muy Auster, hoy tocaba.

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