Todo lo que sabemos sobre Sabina Urraca

Lo primero y más urgente que sabemos de Sabina Urraca es que mañana, a las 20h, va a estar en Letras Corsarias. Eso es fijo. Va a presentarnos su libro Las niñas prodigio, el primer y único libro que ha publicado aunque todo lo que lleva escrito da ya para llenar una pequeña enciclopedia. Va a conversar con Miguel Espigado, seguramente sobre literatura y sobre esas distorsiones que se producen entre lo que a uno le pasa y su representación. Donde hay distorsión hay alegría.

Sabina Urraca compartió coche con alguien llamado Álvaro de Marichalar en un blablacar. Eso también es fijo. Cuatro de los cinco primeros resultados en Google van sobre eso. Ella escribió un reportaje sobre la experiencia en El Estado Mental y luego él se rebotó y el asunto creo cierto revuelo. El señor llamado Álvaro tuvo la mala suerte de dar con una pasajera ávida por contar aquello que habitualmente se va a tragar la historia, esos momentos que ahí se quedan, entre nosotros. De ir o hacer lo que no se le ocurre a nadie más, y luego escribirlo. Y escribirlo bien, que esa es otra.

Ella practica ese tipo de periodismo que es como una añoranza del gonzo: una publicación te encarga un reportaje, vas al sitio, lo escribes en primera persona y, con suerte, cobras el cheque. Un tipo de periodismo más para escritores que para periodistas: hace falta poner bastante de ti mismo ahí, un enfoque y un estilo. Una visión del mundo. No importa tanto qué cuentas sino cómo lo cuentas: un festival de la langosta o una carrera de caballos no parecían temazos, pero sí. La revista Vice ha explotado esa fórmula del reportaje en primera persona con gente notable (Sabina y Paul Rodellar, por ejemplo) y si echas un vistazo a las portadas de las grandes cabeceras digitales se diría que ha creado escuela. “Visité el pueblo de verano azul para intentar recuperar mi infancia”, “Fui a ver las caras de Bélmez para intentar recuperarme de una ruptura” o “Probé todos los productos para la regla que existen y esto es lo que pienso de ellos” son algunos de sus artículos en Vice. Ahora también puedes leerla en Tribus Ocultas, donde se pasa una noche con prostitutas, con taxistas o con madres que no quieren tener hijos. Algo en común: cada uno parece ser un fragmento de un cosmos donde se junta la vida propia con la marea de todo tipo de productos de consumo, materiales y espirituales.

Casa Sabina Urraca

En esta casa escribió Sabina Urraca su libro

Y seguramente la vida –y la literatura– se esté convirtiendo en eso: un continuo proceso de filtrar, mirar desde todos los ángulos y esquivar o abrazar todo ese cúmulo de ideas recibidas desde el entramado comercial-mediático-publicitario que nos empapa a diario. Las niñas prodigio es fundamentalmente eso: una especie de autoafirmación, un reportaje de Sabina sobre sí misma en el que vemos cómo sus pensamientos se van bifurcando por esos meandros de la realidad y la imaginación, de lo vivido y lo vivible, del poso que dejan las imágenes, las navegaciones, los likes, las borracheras. Nadia Comaneci con coleta haciendo un diez en la Olimpiada de Montreal, un amigo gallego al que visitan eróticamente los extraterrestres, una paella recién hecha, un barranco, una caída desde la fachada del Círculo de Bellas Artes, la droga, un hombre alto con un surco en la cara, un lobo en la ciudad de los negocios, la precariedad laboral, los virales de Youtube. Jugar mal al Prince of Persia. Punky Brewster. Facebook. El venao, el venao.

No se esperen una colección de postales pasadas por el filtro Nostalgia de Instagram, porque eso a mí me mortifica. El venao, el venao. Dice Sabina que se fue a Las Alpujarras, a una casa destartalada, a escribir el libro porque en Madrid no le daba el dinero para escribir “solo” el libro. En aquella casa no había espejos, solo uno bien escondido. Tal vez por eso la mirada sobre lo que cuenta no es superficial ni autocomplaciente. Ahí están puestas las tripas y desde ahí está escrito Las niñas prodigio, en una colección editorial de Fulgencio Pimentel que parece estar especializándose en ese tipo de narrativa (La hora atómica, de Rubén Lardín, es otro imprescindible). Están los anhelos, los deseos, las esperanzas, las prisas, las exigencias, la extrañeza de todo, las neuras. Está todo eso y su contrario: la permanente sensación de que todo puede ser una equivocación, de no estar nunca seguros de nada. No hay más certezas que la constatación de que la crueldad, la ternura, lo terrible, el humor y la perplejidad son capas superpuestas de la misma historia.

En un momento del libro, un psicólogo que más parece un vidente le enumera a Sabina las múltiples sabinas que pugnan en su interior. Ahí están todas, volcadas sobre este libro tan poderosamente atractivo, tan oscuro en el fondo. Por él sabemos todo lo que sabemos de Sabina Urraca. De ella o de su imaginación. Que para el caso es lo mismo.

Antonio Marcos