Algunas lecturas veraniegas y un avance del porvenir
El verano deja imágenes impactantes. El otro día vimos a un señor de los de ya me da igual todo por el paseo del Rollo con sus bermudas y sin camiseta, como quien ha salido de la playa para ir a comprar tabaco en el paseo marítimo de Fuengirola. Abunda ese accesorio, al que siendo justos no se le puede llamar calzado, tipificado como chancla, que seguramente nueve de cada diez podólogos y nosotros personalmente desaconsejamos para caminar por las calles graníticas de Salamanca, o del material reflectante y calefactor del que estén hechas las calles del centro. Se ve gente sudando metiendo en el ascensor un aire acondicionado portátil porque si no es que no dormimos, se ve gente decepcionada con el prometido poder refrescante de los ventiladores, por muy de techo que sean. Se ven calipos y tintos de verano a medio gas, gente arrastrando maletas de ruedines por las graníticas (etc.), se deja de ver el horizonte por la calima cuando oscurece allá sobre las once y media p.m., se ve gente con sillas plegables salir de la piscina de Garrido y de la Sindical (no sabemos ahora si sindical vertical u horizontal). Se ven cosas típicas del verano, Perec podría haber hecho una lista.
Luego está también lo que te imaginas. La calle Azafranal a mediodía como un desfiladero por donde sopla el viento del Sur que hace obligatorio detenerse para dar de beber a los caballos, mientras plantas rodadoras bajan enloquecidas desde donde La Tahona hasta la rampa del parking de Santa Eulalia, la boca negra de un horno. Qué bonitas las plantas rodadoras, utilizadas como meme del aburrimiento o del aquí no pasa nada. Estepicursores, tumbleweeds, cardo ruso, barrilla, capitana, salicornio, bola pancracia… tiene nombres mil. Pero sí pasa: ellas ruedan para esparcir sus semillas por los paisajes áridos y reproducirse, se puede decir que dejan lo más importante para el verano.
Te puedes imaginar también un lugar fresquito y lleno de libros, y eso existe y se llama librería. Y como librería dicharachera que somos te vamos a relatar algunos libros para el verano. Nos hemos preguntado muchas veces, ¿en que consiste un libro veraniego? La única respuesta válida hasta el momento es: el que te lees en verano. Ya está. El otro día hicimos estas recomendaciones en ese cachito de radio en el que hablamos algunos jueves y lo planteamos como una selección a medida de escenarios de los que se ven en verano, de los que Perec podría haber hecho una lista y ya van dos. Dos días más tarde salió el Babelia con lo mismo, así que no lo estamos copiando, sólo coincidiendo.
Si tu imaginación sobre lo desértico también te lleva a las películas del Oeste, vas a disfrutar con Paloma solitaria, de Larry McMurtry, que además de escribir un montón de novelas ganó un Oscar por el guión de Brokeback Mountain. Dos granjeros, uno soñador y otro metódico, llevan ganado a Montana. Grandes paisajes, caballos brillantes y épica reposada. La nueva de la colección Frontera, de Valdemar, es Camino al Oeste, de A.B. Guthrie Jr, que dio pie a la película Camino de Oregón. Nunca defraudan.
Si se te ocurre ir a Benidorm o a esa inmensa metrópoli extendida que se asoma al Mediterráneo o lo que quede de él desde Francia a las Columnas de Hércules, llévate Crematorio, de Rafael Chirbes, la mirada más nítida y filosa sobre aquellos tiempos de microcemento y otras costumbres, época burbujeante en lo inmobiliario y en lo tocante a la avaricia. Bola extra: Spanish Beauty, de Esther García Llovet, novela negra finísima en la ciudad de los rascacielos en primera línea de playa. Una peli: quizá habría que revisitar Huevos de oro, de Bigas Luna, a ver qué tiene para contarnos.
Noches de verano en la ciudad, a partir de las (etc.). Aquí vamos a tirar de clásicos personales: El día del Watusi, de Francisco Casavella, Mucha acera, mucho garito y la creación de un mito contemporáneo, un recorrido alucinado por Barcelona un 15 de agosto cualquiera. Una peli: Mystey Train, de Jim Jarmusch, una de las suyas de historias cruzadas en Memphis, con dos japoneses poseídos por lo americano, más Elvis que Elvis mismo. Y salen Joe Strummer y Screamin’ Jay ( I Put a Spell on You) Hawkins.
Si vas al pueblo, Ronson, el cómic de César Sebastián, que pese a tener mucho niño en pantalón corto con heridas en las rodillas, tirachinas y gatos callejeros, huye de la nostalgia a la velocidad del rayo. Un blanco y negro roselliniano maravilloso. Una peli: déjanos ser un poco malvados con ¿Quién puede matar a un niño?, de Narciso Ibáñez Serrador (el Chicho del 1, 2, 3), con unos turistas ingleses que llegan a una isla mediterránea donde sólo hay niños, por algo será. Tal vez tenga una relectura en plan “Tourist, go home”.
La chavalada se va de campamento. La semana pasada, Mercedes fabricó un lote especial titulado Pequeñas lecturas, grandes veranos. Destacamos Las varamillas, de Camille Jourdy, un picnic que se convierte en una aventura dentro de un mundo mágico al que se accede por un humilde túnel de tren. El viaje veraniego de la heroína en el tiempo del descubrimiento.
Si quieres viajar en el tiempo, dos sabores. La trilogía de Thomas Cromwell de Hilary Mantel es de lo mejorcito que tenemos en novela histórica, es como si Shakespeare se hubiera puesto a narrar. La Inglaterra del siglo XVI, ríete tú de Juego de tronos. E historia historia, El cielo y las ruinas, de Juan Andrade, que lo tenemos reciente. Los veinticinco años del siglo XX que determinaron el presente, desde la IGM hasta la Guerra Civil española. Erudición, rigor y pulso narrativo.
Si te vas a pegar al sofá a ver partidos del Mundial y te chirría eso de Trump como presidente del Comité de Competición y la turbiedad de Benjamin Button-Infantino, Fútbol contra el enemigo, de Simon Kuper, investiga en veinte países cómo se entrelaza el balompié con la política y la sociedad, en una mezcla de libro de viajes, ensayo sociopolítico y futbolerismo ilustrado.
Viajar, parece fácil hasta que te pones a mirar alojamiento. Horizonte, de Barry Lopez, es pura esencia del viaje, el libro que le dirige a sus nietos sobre el concepto de moverse, llegar, estar y conocer en vez de deslizarse por los cuatro lugares más fotografiados. No tiene prisa ni por llegar ni por volver.
Piscina, playa, pantano, alberca, pilón, autobús de línea, Alvia a la vía… todos esos lugares que propician coger un libro y dejarlo sin miedo a perder el hilo. Vete con Carl el Mazmorrero, una saga de Matt Dinniman que mezcla fantasía, ciencia ficción y humor descacharrante: un realityprotagonizado involuntariamente por los terrícolas que han sobrevivido a la última invasión alienígena. Una serie: Pluribus, de Vince Gilligam. Después de la primera temporada, no se pone la gente de acuerdo en si es distopía o utopía, si es invasión extraterrestre o no, si qué bien todos hermanos o qué mal. Así de misteriosa es. Deliciosamente lenta para los estándares de la televisión de plataformas.
Si vas a estar entre olivos y chicharras, mejor al borde del mar, tal vez te sientas habitante de la Grecia clásica por un momento. Se viene la adaptación de la Odisea, de Christopher Nolan (en las mejores salas el 17 de julio) y recién llegada tenemos la versión muy personal de Stephen Fry, que le ha pillado muy bien el punto a dioses, héroes y humanos pretéritos.
Y si estás deseoso de sentir algo de frío, o de fresco, La señora Potter no es exactamente Santa Claus equivale a meter un rato esa carita tuya en el congelador. En la desapacible Kimberly Clark Weymouth, la ciudad que parece metida en uno de esos juguetes que se agitan y nieva, tienes garantizado hielo de sobra y horas de pasarlo bien.
Tenemos estos libros aquí juntitos, por si gustas.
El libro de la semana
Kate Zambreno visita un par de bibliotecas. Coge muchos libros. Se los lleva a casa en bolsas de supermercado, se mete en la cama y los pone todos a su alrededor. “Estos libros prestados son mi fuente de cultura aquí. Me acompañan las mujeres que pueblan las páginas. Mujeres a las que muchas veces se les impidió escribir, y estuvieron en cama, en habitaciones, atrapadas dentro de una casa. Intento resucitar esas vidas”, escribe. “Eso es lo que necesito hacer aquí. Contar sus historias”.
En 2009 Zambreno vive en Akrom (Ohio), donde su marido trabaja como bibliotecario. Todavía no ha publicado nada. Desde su habitación empieza un blog titulado Francis Farmer es mi hermana. Farmer –esa actriz rebelde, díscola, internada en penitenciarías y manicomios– ilumina su investigación sobre las escritoras que en la época del modernismo vivieron opacadas como musas o esposas, nunca consideradas como autoras válidas: Jane Bowles, Vivien(ne) Eliot, Zelda Fitzgerald. Diagnosticadas de histeria, ansiedad, institucionalizadas, un glicht entre lo que deseaban y lo que tenían destinado. Escritoras de diarios, de obras no apreciadas por el canon, cosas de mujeres.
Es en este momento cuando nace el germen de Heroínas –publicada en 2012– la escritura de Zambreno que conocemos muy bien gracias a títulos como Mi libro madre, mi libro monstruo, Derivas o Escribir como si hubieras muerto, todos ellos publicados por La Uña Rota. Le gusta citar a Henry James, que concebía la novela como “un monstruo desgarbado” o la idea de Montaingne del ensayo como intento, algo intrínsecamente exploratorio. Zambreno hace un ejercicio crítico sin ocultar el yo, sino poniéndolo en primer plano, un yo con cuerpo: una mezcla de memorias, anotaciones de diario, teoría e historia literarias, siempre desde lo fragmentario, una especie de libro vivo que revienta el canon literario académico, señala sus grietas, sus consensos. Un lugar desde el que cuestionar qué es literatura y desde dónde se enuncia y se recompensa.
“No podemos quedarnos esperando a que nos descubran. ‘Si no puedes escribir obras maestras, ¿para qué escribir?’, le dijeron los médicos a Zelda. (…) Puede que lo importante al final sea escribir, por dios, escribir y no borrar nada mientras estemos vivas, y usar todos los medios posibles por gritar, cantar, quemar. Todas esas cosas. Escribir porque es lo que deseamos hacer, porque tenemos esa necesidad, y no permitir que nos ignoren o que nos detengan”.
Si miras las mesas de novedades, es evidente que ese germen prendió fuerte y que Zambreno fue una de sus impulsoras.
Heroínas –traducido por Flor Braier– es nuestro último libro de la semana de la temporada.
Lo que pasa en Corsarias
¿Bueno, pero esto no se termina nunca? Es raro este epígrafe sobre la programación cultural metidos ya en tiempo de pausa, pero, ojo, aquí va en exclusiva para los exclusivos suscriptores de esta carta, un avance del próximo trimestre. En agosto empezaremos a publicar en redes los fichajes, como en los álbumes de fútbol, pero de momento aquí tienes algunos nombres confirmados en este momento, que sirva como cata de lo por venir:
Marcos Giralt Torrente, Domingo Hernández, Kate Zambreno, Mariano Peyrou con Ángela Segovia, María Negroni, Durian Sukegawa, Marta San Miguel, Tatiana Țîbuleac, Valentín Roma, Gustavo Martín Garzo, Laura Fernández, Jon Bilbao, Rodrigo Cortés, Sofía Balbuena, Juan Andrade, Mathias Enard, Mariana Enríquez, McKenzie Wark, Juan Evaristo Valls Boix, Kate Zambreno.
Ahora sí, la carta semanal se despide hasta septiembre, la cartas también necesitan vacaciones. Seguimos publicando cosas en redes, en la web, más o menos en todas partes, más o menos todos los días. Te deseamos un estupendo verano y si vienes de lejos, no dejes de pasarte a saludar.