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Escribirse con las palabras de otros
06/11/2026

Escribirse con las palabras de otros

'Canícula', de Emily LaBarge, es uno de esos libros inclasificables que aborda el duelo y la literatura del trauma como un problema narrativo. Cero morbo, mucha inteligencia.

En el cuento ‘Los ingleses entienden de lana’, Helen DeWitt expone con exactitud los resortes de eso que se ha ido llamando trauma porn. La protagonista es una adolescente que fue una niña abandonada por su familia rica y cuyos padres adoptivos le roban una gigantesca herencia. Ha firmado un contrato para escribir su historia. Y lo hace, a su manera. No es la manera que su editorial querría. Una editora llamada Bethany le escribe una breve carta para que no se descarrile con digresiones: ¿cómo te sentías al respecto? ¿te dolía? Le propone que trabaje con un redactor profesional: “Sé que estás traumatizada; cuando se pasa por algo así a veces es más sencillo reprimirlo, en especial si estás trabajando sola. Hablar con alguien podría ser un modo más sencillo de sacarlo, y después puedes delegar en alguien que le dé forma al texto, y tú seguir con tu vida sin más”.

Seguir con tu vida sin más.

Dame tu contenido doloroso, vacíate. Ya me encargaré yo de venderlo, de venderlo bien. Y sigue con tu vida sin más.

Lorrie Moore escribió un relato titulado Gente así es la única que hay por aquí: farfullar canónico en Oncología Pediátrica. Va sobre una pareja a cuyo bebé han descubierto un tumor en el riñón. Ella es escritora de ficción. Al enterarse su marido le dice: “toma notas. Vamos a necesitar el dinero”. Pasan por todas las vicisitudes, el niño se cura y el cuento, en un giro inesperado, se cierra así: “He aquí las notas. ¿Y el dinero?”.

“¿Y si la única forma de pagar por el dolor, de evitarlo, de seguir su tratamiento, es vender la historia del dolor?, se pregunta Emily LaBarge dialogando con Moore en Canícula.

La familia de LaBarge –ella, su hermana y sus padres– pasaba las vacaciones de Navidad de 2009 en una isla del Atlántico. La noche del 22 de diciembre, unos asaltantes armados entran a robar en su casa y los retienen y amenazan durante horas. Al final se marchan, la familia sobrevive. Esta es la historia, la Buena Historia, como la define ella, la que se cuenta con los detalles justos para explicar sin incomodar.

Canícula –traducido por Magdalena Palmer– es uno de esos libros inclasificables: una memoria, una historia, una indagación en los mecanismos del trauma y en cómo escribir sobre el dolor, el duelo y la melancolía lejos del sensacionalismo, el true crime y las viscosas fronteras de la autoayuda. “Quiero crear algo verdadero, pero necesito crearlo para que sea verdadero”, escribe. “El problema es el tiempo. El problema es la voz. El problema es la secuencia. El problema es, sin duda, la estructura y, de manera inefable, la forma”. El problema es que no hay un sigue con tu vida sin más. El problema es que una vez has sufrido la crueldad del mundo no puedes dejar de verla en todas partes. El problema es el insomnio, el terror, las imágenes, la disociación, los tachones en la memoria, la zona negativa. Y todo esto toma la forma de fragmentos, ideas que se relacionan, espejos simbólicos en los que reflejarse construidos con otros fragmentos de libros, obras de arte, escenas de películas.

Canícula es una historia personal y una teoría de la representación del trauma (sin conclusiones definitivas) y a la vez una gozoso y expansivo manifiesto sobre el valor de la crítica literaria y artística. Porque, ¿no sería la crítica –más allá de sus formatos estandarizados– un ejercicio de expansión de la obra, una especie de topografía que documenta cómo lo esencial que la constituye sintoniza y se mezcla con la inteligencia del espectador? Abrazarte a los libros cuando más los necesitan y sentir que ellos te abrazan a ti.

Lee a Amy Hempel, Moore, Lydia Davis, Munro: “Era la corriente que fluía bajo la superficie de los cuentos, el tono de la voz, el humor astuto y melancólico, el desafío espinoso e insólito de la prosa y las narraciones fragmentadas que se mueven a través del tiempo de formas extrañas e inusuales, el lenguaje y la forma a veces desordenados y anárquicos de los relatos y sus, con frecuencia, mujeres protagonistas. (…) Esto es, al fin y al cabo, lo que hacen las historias, lo que debería ser su misión: crear posibilidades que aún no existen, que eluden o rechazan lo convencional, lo manido, lo fácilmente reconocible”.

LaBarge se dedica a la crítica de arte, y se nota. Es capaz de transmitir con precisión y viveza hallazgos estéticos (una sintaxis rota en Al faro, el movimiento de cámara de David Lynch en la memorable y extrañísima escena de la cafetería Winkie’s en Mullholand Drive, profundas lecturas de los libros de duelo de Joan Didion y mil más) y fundirlos con su experiencia propia, mirarse ahí, escribirse con las palabras de los demás, evitar aferrarse exclusivamente a los propios sentimientos. Escribe de una manera en la que todo parece importar, no hay nada en este libro a lo que no podamos prestar atención. Todo es tangible, brillante, todo evoca esa sensación de desorientación, hipervigilancia, incongruencia. No muestra una vida traumatizada desde fuera, es como si le diera la vuelta al calcetín y nos enseña la parte de dentro, en el polo opuesto a las historias de superación.

A través de Canícula comprobamos cómo el trauma va de lo individual a lo colectivo y que no es un evento aislado sino una experiencia que se expande. Podríamos preguntarnos en qué momento nos encontramos colectivamente respecto al sufrimiento, cuando lo terrible a gran escala nos inquieta, nos perturba y a la vez nos agota y desmoviliza. “No entienden que están muertos”, les dijo Antonin Artaud a los estudiantes que fueron a escuchar su conferencia El teatro y la peste, en la Sorbona en 1933. “Su muerte es total, como la sordera, la ceguera. Es la agonía que he mostrado. La mía, sí, y la de todos los que viven”. 

Libros como este sirven para complejizar la realidad y a eso siempre le decimos un gran sí. Canícula, libro de la semana.

Lo que pasa en Corsarias

“El 11N, la cultura también para” es el título del manifiesto que hemos firmado alrededor de setecientos agentes culturales para secundar la huelga general por la vivienda. El miércoles, cerramos a cal y canto.

El fin de semana empieza hoy con un planazo. Viene Mathias Enard, cuyos libros nos gustan desde siempre porque es que son muy buenos. Acaba de empezar una serie titulada Melancolía de los confines, que recorrerá cuatro puntos cardinales para explorar una idea de Europa y Occidente, siguiendo la estela caminante y viajera de referencias como Robert Walser o W.G. Sebald. No es lo mismo melancolía que nostalgia, eso nos lo deja muy claro. Y vuelve sobre sus ideas de frontera como algo físico y algo interior, con esa prosa que es un goce para la mente curiosa, llena de erudición y un enorme sentido narrativo. Norte es el primero y conversa a las 19:30h con Guillermo Granado.

Mañana, a las 19h, Manuel Cañada presenta Pablo Guerrero. Porque amamos el fuego, un libro surgido de horas de conversación con “el más poeta de los cantautores y el más humilde de todos los poetas”, fallecido ahora hace un año. Cañada se aproxima a su biografía con voluntad de reconocimiento y difusión de la obra poética y musical de alguien que fue “un aerolito libre, un lobo sin dueño que mantuvo abierta la caja de las rebeldías durante toda su vida”. Participan Antonio Guerrero, María Ángeles Pérez López y Montse Villar.

Martes, regresa Mariana Enríquez. Nos encanta la Enríquez narradora y nos fascina la Mariana ensayista (y viceversa), la que se pone –como ya hizo en el imprescindible Archipiélago– a trazar una genealogía de la cultura que la constituye como escritora. Conversación con la oscuridadcongrega las obras narrativas y teóricas que formaron su pasión por lo oscuro, lo espectral, esa idea de que si la realidad es una pesadilla, el terror es el género más adecuado para abordarla. Conversa con Paqui Noguerol.

El jueves tenemos Jueves Sociológico, con la Asociación Profesional de Sociología de Castilla y León (SOCyL). El momento no puede ser más oportuno, porque el protagonista es Javier Gil, autor de Generación inquilina, un ensayo que pone sobre la mesa todos los mecanismos que han convertido a la vivienda en el mayor de los problemas sociales de este país: el ladrillo como activo financiero de alta rentabilidad, eso de que el mercado se autorregula, deja fuera de unas condiciones dignas a una generación que a este paso no va a tener donde meterse. Y la constatación de que esa generación es también la que puede transformar ese paradigma. Le acompaña Natalia Arcajo.

Con esto nos despedimos por hoy, no sin recomendarte que te des un paseo por nuestra web, a ver si hacemos un poco de sitio, que tenemos las mesas a rebosar. Aquí te lo compras todo y lo recibes en casita.

Te mandamos un abrazo hasta el próximo viernes.