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Letras Corsarias en Tinta Libre
01/06/2026

Letras Corsarias en Tinta Libre

El número de mayo de la revista Tinta Libre incluye un artículo sobre esta tu librería en la sección Mapa de Librerías, donde reflexionamos sobre el oficio y el mundo del libro y la cultura, coindidiendo con nuestro décimo aniversario.

Antonio Marcos

Si alguien tuviera la paciencia suficiente para pasar una mañana, pongamos que un martes cualquiera, mirando el trabajo de los libreros a través del escaparate y ese alguien estuviera en posesión de algún tipo de imaginación metafórica, podría marcharse de allí a la hora de comer con la idea de que lo que acaba de presenciar se asemeja mucho a contemplar uno de esos terrarios para hormigas que se ven en algunos zoológicos. Una afanosa y metódica labor de clasificación, acarreo y colocación de esas pequeñas unidades de alimento y sentido que llamamos libros. A eso, básicamente, nos dedicamos los libreros, así construimos esa puesta en escena del libro que llamamos librería.

En su célebre ensayo Arte termita contra arte elefante blanco, publicado a principios de los años sesenta, el pintor y crítico de cine norteamericano Manny Farber definió su preferencia estética hacia aquellas películas que conseguían elevarse sobre sí mismas desde una posición en los confines de la industria y desde una humildad discursiva y presupuestaria. Obras que se convertían en algo más que lo que se esperaba de ellas.

Creo que de esa condición termitera proviene en gran parte el lugar que ocupamos las librerías independientes en el sistema cultural contemporáneo, una red que en los últimos quince o veinte años se ha ido extendiendo por el mapa y alcanzado un creciente prestigio social a fuerza de ofrecerse como un punto de encuentro informal entre la diversidad editorial y sus protagonistas y la gente lectora, en algo más que el lugar donde ejercitar la sanísima costumbre de comprar libros.

Letras Corsarias ha cumplido diez años en marzo, que tampoco es mucho pero para nosotros, el equipo de libreros y libreras que trabajamos aquí, es todo el tiempo. Si echamos la vista atrás en una fecha tan señalada, la sensación es que nos ha conducido una especie de actitud furiosa hacia el asentamiento de lo que Rafa Arias –creador y director de la librería– tenía en mente allá por 2015: un lugar hecho por lectores para lectores

En este tiempo quedan casi mil encuentros con autores, casi mil cartas escritas a una comunidad de gente cómplice que sintoniza con una concepción disfrutona de la cultura y la lectura. Hemos recibido un par de premios: el Nacional al Fomento de la Lectura en 2016 –junto a los colegas libreros de La Conspiración de la Pólvora– y el Librería Cultural 2024. Dichas seas estas cifras por citar sólo eventos cuantificables. Ampliamos el espacio físico de la librería hace un par de años, absorbiendo el local de un bar que había al lado. No me digas que no tiene mérito cerrar un bar para hacer más grande una librería en la segunda ciudad con más bares por habitante de España. En Salamanca estamos.

Seguramente la primera regla inquebrantable del Club del Arte Termita (CAT) es no caer en la trampa de la autoconsciencia, no amplificar el volumen de la presunta importancia de lo que uno hace. Estamos vacunados contra eso, no nos vas a encontrar entre quienes romantizan un oficio que tiene más de Sísifo –venga a empujar cajas y más cajas hacia y desde el almacén– que de Aquiles o de cualquier otro héroe o superhéroe de tu elección. Sin embargo, sí nos gustaría apuntar aquí algunas ideas que venimos manejando hace tiempo sobre la función social de las librerías. Es nuestro punto de vista y está condicionado por el territorio en el que trabajamos y vivimos, pero son aspectos que conforman la identidad de esa red de librerías independientes a la que estamos orgullosos de pertenecer. Así que aquí van, como en el juego del escondite, por mí y por todos mis compañeros.

En 2016, cuando apenas habíamos comenzando a caminar, escribimos un artículo para la revista Trama & Texturas titulado Para escapar de la voz media. El enunciado lo tomamos prestado del ensayo del poeta Felipe Núñez –incluido en la antología Obras, publicada por Delirio, toma esto como una encarecida recomendación si lo deseas–, en el que desde el pensamiento planteaba modos de resistencia frente a la corriente cultural dominante. Definimos entonces esa corriente como La Cosa, una amalgama de conceptos, ideas recibidas, políticas culturales, opiniones no solicitadas y productos para el entretenimiento que forman una capa espesa, aceitosa y multiforme que se extiende de una manera inexorable, consciente de su potencial para abarcarlo todo, incluso a sus críticos, quizá especialmente a sus críticos. Un contenedor que aspira a contenernos por completo. “Nosotros tenemos algo claro respecto a La Cosa: cualquier brazo que dejes fuera de la ventanilla, cualquier ficha que muevas que no esté bien dirigida, se la lleva La Cosa allí donde sea que lleva todo y acaba magullado junto a ramas retorcidas de árboles frutales, peines desdentados y dos concursantes del reality de moda”, decíamos.

Desde entonces, La Cosa no ha hecho más que acelerar, gracias al refinamiento de las estrategias de manipulación de la atención, basadas en la datificación de todos los aspectos de la vida y los procesos de filtrado algorítmico. La Cosa llega más lejos y de manera más profunda, ofreciéndonos un vago sentido de la comodidad a cambio de la pérdida de la visión periférica. ¿No es la rendida aceptación de la llamada Inteligencia Artificial –elaboradora de pastiches, asesina de la particularidad– el último y más sonado triunfo de la voz media?

Con ese ruido de fondo zumbando en nuestras pantallas, el libro se nos presenta como un objeto desvinculado, con una manera de acceso al conocimiento y a lo diverso alejada del flujo constante, del deslizamiento digital compulsivo. El libro como lugar de permanencia de las ideas, algo que está quieto para que seas tú quien te muevas. La librería como el lugar al que hay que ir para encontrarse con lo inesperado porque no responde a cifradas lógicas opacas sino a interpretaciones únicas de la realidad, expresadas a través de la selección y la puesta en escena de los libros. Lógicas falibles, pero transparentes. Frente a una cultura de quedarse en casa, una cultura de salir. La cultura de quedarse, por decirlo con una expresión de Javier Krahe, nos atocina, en todos los sentidos.

La Cosa produce también libros, claro, muchos libros. Pero para eso ya estamos los libreros, para evitar que se nos ponga la librería perdida.

Ese deslizamiento pantalla abajo en el que todo sucede rápido, ahora, y se pierde inmediatamente, tiene una condición previa: lo pulido. ¿Qué está ocurriendo en ciudades como la nuestra, ciudades interiores de tamaño pequeño o medio, bonitas en lo patrimonial, que combinan la presencia de cada vez mayores flujos turísticos con un proceso de envejecimiento, despoblación y, aquí, una comunidad estudiantil necesariamente flotante? “Exhibicionismo urbano” lo llama el periodista Vicent Molins en su reciente libro Ciudad clickbait: una disposición para gustar en el imparable mercado de la atracción, el establecimiento de una foto fija fotogénica, el mantenimiento de una superficie brillante llena de atracciones fáciles de digerir. Todo limpio, todo pulido, todo quieto, no vaya a ser que a alguien le salga movida la foto.

Las librerías podemos, en la pequeña medida de nuestras posibilidades, fomentar lo poroso. Posibilitar encuentros, crear comunidades entre afines, sacar al primer plano discursos que propicien el pensamiento crítico y el debate, todo eso que venimos haciendo con regularidad por todas partes. Actuar como una especie de matorral bajo que abone el suelo local de algunos nutrientes: no vamos a retener población, pero al menos a los que nos hemos quedado se nos puede hacer la vida un poco más jugosa. Que falta nos hace.

A veces se nos ocurren estas cosas –quizá expresadas con demasiada floritura, que el CAT nos perdone– mientras sudamos la gota gorda escaleras del almacén arriba y abajo o en esos momentos de lucidez que da la falta de sueño después de quedarte hasta las tantas leyendo ese libro que acaba de salir y que hay que leer cueste lo que cueste. El sueño de una librería produce sueño, eso es así.

Había un juego infantil conocido como la cadena (o el látigo) en el que una ristra de colegiales unidos por las manos corrían culebreando desaforadamente y perdía el que antes se soltaba. Y todo el mundo sabía que el último de la fila era el que más peligro corría: así aprendimos qué era la fuerza centrífuga. En esa delicada posición estamos las librerías en la llamada cadena del libro, el último eslabón entre quien escribe y quien lee. Ahí se siente bien toda la tracción de la industria, que es cada vez más fuerte: allá va ese aluvión de novedades, amigo, apáñatelas como puedas y no te sueltes. Sabiendo que una librería, o la haces o te la hacen. Y en ello llevamos diez añitos, ni más ni menos, entre zarandeos y una voluntad irrenunciable de disfrutar de todo ello mientras tanto.